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EL PRÍNCIPE Y LA JOVEN “INSOLENTE”. ¿Un minuto de gloria o una eternidad de incomprensión?

10 junio 2011

En este post:

¿Un minuto de gloria o una eternidad de incomprensión?

Artículo de Wallie

“Yo creo en el Sistema”. La frase lapidaria de Don Felipe, que delata su grado de inconsciencia (o/y cinismo).

Comentario intercalado, de Freeman

https://sites.google.com/site/jorge1270/imagenes/LiberacionAHORA.PNG

¿Un minuto de gloria o una eternidad de incomprensión?

Quería plantear desde el respeto unas reflexiones a tenor del encuentro del Principe de Asturias con una joven en Navarra la pasada semana, en el que la joven se acercó a él para preguntarle cuándo podría plantearse en España “un referéndum sobre si queremos una monarquía o una república”. (Ver vídeo, abajo).

El diálogo que siguió después es precisamente el tipo de conversación y de situación al que me referí en el último post que escribí sobre los Fontaneros del cambio: Necesitamos traductores, en este caso, traductores reales, que sean capaces de crear un puente entre las necesidades de los ciudadanos y lo que parecen sostener los gobernantes, en este caso los “deseos” del Príncipe, como así se refirió a su postura.

La reacción del Príncipe respaldándose en el respeto incuestionable al Sistema, estipulando que ese mismo Sistema ya tiene mecanismos previstos para atender la demanda de esta mujer, no se tradujo en una escucha real de las necesidades planteadas por esta ciudadana, ahí en ese preciso momento. Es más, un miembro de la comitiva encabezada por el Príncipe rápidamente salió en defensa del hijo del Rey, preguntando a la joven si este era  “el único problema que tienes en la vida”.

Por último, cuando el Príncipe zanjó la conversación expresando a la joven que ya había alcanzado su minuto de gloria, con ello puso de manifiesto la distancia real que le separa de las necesidades y peticiones de la población.

 ¿Quién querría un minuto de gloria ante aquella situación? Un ego deseoso de sentirse protagonista. ¿Parecía realmente que esa mujer buscase un minuto de gloria o más bien transmitir un mensaje al sucesor del trono? ¿Hay una comunicación efectiva cuando un experto entrenado durante años para ejercer la función de Príncipe -y luego Rey- traduce las palabras de una joven (planteando sus necesidades) en la emisión de un juicio-veredicto de que con sus acciones buscaba sólo llamar la atención? ¿Es esa una comunicación realmente efectiva que nos lleve hacia una resolución, o más bien agranda aún más el distanciamiento entre ambas personas, fomentando actitudes defensivas, acusadoras y críticas?…

Si ese es el mensaje que recibió el Príncipe al escuchar las palabras de esa mujer… es decir, que la única motivación de plantear lo que planteó es llamar la atención… ¿qué no sucederá con el resto de necesidades de la ciudadanía? ¿Son también llamadas de atención?

Recuerdo cuando era pequeña, que me acusaban de querer llamar la atención cuando me sentía totalmente desatendida emocionalmente… ¿En este caso me encuentro también con una actitud paternalista condescendiente, tratando al ciudadano como a un niño que es incapaz de tener necesidades y deseos legítimos aunque estos sean contrarios a nuestros deseos?…

Me apena sentir esa distancia y esas reacciones defensivas. Me apena aún más cómo nos escudamos en la impersonalidad de un Sistema, para sentir que nuestros deseos se siguen satisfaciendo, olvidando nuestra humanidad, aquella que es libre del encorsetamiento de cualquier sistema; nuestra directa humanidad, aquella en la que una persona puede libremente expresar sus necesidades a otra persona y sentirse escuchada, comprendida y respetada como punto de partida, para encontrar una solución a nuestra diferencia de opiniones, deseos, necesidades.

Por otra parte, el Principe empleó tres palabras que me causan cierta incomodidad cuando las escucho, entrelazadas del modo en el que fueron expresadas: Deseo, Obligación, Deber. Cuando alguien expresa que quiere cumplir con su deber, personalmente considero que el querer y el deber encajan mal juntos, y que el deseo nace de la libertad del sentir, pero el deber nace de la obligación y ésta no nace de la libertad. Con ello, ante tal confusión de términos y sobretodo posible confusión de sentimientos, parecería normal que no haya una comunicación efectiva.

PUNTO DE VISTA

“Yo creo en el Sistema”. La frase lapidaria de Don Felipe, que delata su grado de inconsciencia (o/y cinismo)

Cuando escuché a Felipe Borbón espetarle dicha frase sin inmutarse a la joven (quien, quizá por diplomacia -o por shock- también la suscribió), supe hasta qué punto este hombre (nacido y criado en una familia cuya realización plena es reinar “ad eternum”) ha enterrado a la persona que una vez fue, bajo toneladas de férrea programación mental, correspondiente a su personaje “real” (paradógico juego de palabras, cuando todo personaje es ficticio).

En algún momento este hombre tuvo que sentir la urgente llamada de su conciencia, para plantearse seriamente si su papel era en verdad digno, honroso, ético o humanitario, o si acaso él se encontraba atrapado en medio de tradiciones retrógradas e intereses inconfesables, que le imponían necesariamente renunciar a sus más nobles y elevados sentimientos y principios, para adoptar el rol de príncipe y futuro monarca, siendo por ello actor principal, cómplice y partícipe de un Sistema que, por sus calamitosos frutos, se revela hoy más que nunca como un auténtico monstruo, diseñado para someter, explotar y esclavizar a miles de millones, en favor de unos pocos privilegiados: la minoría formada por la élite global (económica, industrial, política, real y aristocrática).

Sin embargo, las palabras del sucesor del actual rey de España resuenan con pasmosa seguridad y estudiada naturalidad: “Yo creo en el Sistema”.

Es posible, o bastante probable, que Felipe -que acepta y consiente en ser llamado Su Alteza Real- se haya llegado a creer su propia película, y que realmente piense que está haciendo un gran servicio a su país, a su pueblo, a sus “súbditos”. Seguramente es una sensación muy similar a la de su madre, Sofía, cada vez que ella se reúne con la mayor representación de la élite global, el Grupo Bilderberg, año tras año, ignorando que las mismas leyes que ahora amparan y dotan de impunidad, inmunidad e inviolabilidad a su familia, mañana (cuando el pueblo recupere su legítima soberanía) podrán emplearse con auténtica justicia, para incausarles en delitos de Alta Traición y complicidad con los mayores criminales y crímenes de lesa humanidad.

Felipe Borbón y George Bush (Despacho Oval, 2006)

No, Felipe, no. Yo no creo en el Sistema. Disfrutaré (y disfruto) con su debido desmantelamiento y sustitución por un paradigma más humano, más sensato. Y no, no soy su súbdito, ni tampoco una “bajeza” (¿dejará usted algún día de arrogarse ese estúpido y agraviante título de “Alteza”). Ya sé que para usted y su familia la equidad e igualdad de dignidad y derechos (y deberes) entre los seres humanos es una concepción o idea cuanto menos lejana y oscura (como su comprensión, dedicación y empatía hacia “la gente corriente”, humilde).

Pero “la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento”, señor Borbón. Y no me refiero sólo a la ley del ordenamiento jurídico (que ustedes tan bien parecen “manejar”), o a la misma Declaración Universal de los Derechos Humanos, sino sobre todo a la Ley del Corazón: al hecho de que todos seamos partes de una misma familia humana, donde nadie es “más o menos persona”, donde nadie es “ajeno” o “lejano”, y ni siquiera es “otro”, al participar todos de una misma esencia, naturaleza y unidad sistemática (conciencial, mental, energética) como especie. Tan es así que lo que hacemos a otro hermano, a nosotros mismos nos lo hacemos (literalmente), y sobre nosotros recaen -en tiempo y forma oportunos- los efectos amplificados; ya que al ser todo Uno, toda emisión o acto regresa y repercute necesariamente en el emisor.

Entenderé si -por causa de la programación mental implantada en su conciencia- usted no capta lo que trato de decirle en el párrafo anterior (no en vano, uno ha de estar lo bastante lúcido, maduro y evolucionado para ello). Pero si usted, Felipe, no comprende o no se siente interpelado profundamente por las consideraciones previas a tal párrafo, le compadezco.

Freeman

Lo que vi en el video no auguró nada bueno. Cuando el Sistema es más importante que las personas para quienes se estableció, es señal de que es hora de replantearnos las cosas de otro modo, como ya estamos haciendo. Es más, minutos después del encuentro con el Príncipe y ante las cámaras de televisión, la joven explicó que su motivación era precisamente fomentar una regeneración democrática. ¿Por qué dudar de que ese era el deseo real de esta ciudadana al plantear su necesidad al Príncipe? ¿Podría ser que cuando nosotros mismos estamos desconectados de nuestros propios deseos, nos sentimos incapaces de escuchar y aceptar los deseos de los demás?

No entro a valorar si Monarquía SI y República No o viceversa; esa no es la cuestión. La cuestión es si podemos dialogar y si podemos escucharnos traduciendo nuestras palabras y sentimientos de una forma que nos acerque a la comprensión y el entendimiento o si por el contrario vamos a cavar con nuestras propias especulaciones e incongruencias internas, un abismo cada vez más y más grande, separándonos los unos de los otros.

Por último, decir que cuando el Sistema se convierte en la fuente desde donde uno procede a actuar como actúa, “por obligación y deber”, eso me indica que seguimos encorsetados y deshumanizados, incapaces de obrar desde nuestra verdad, desde nuestras convicciones reales y desde nuestra libertad. El sistema, prisionero de si mismo. ¡Cuanta frustración y represión!

Algunos teóricos dentro del campo de la psicología afirman que la humanidad en su mayoría está en el nivel de desarrollo de la adolescencia y no ha logrado salir de esa etapa. Confusión entorno a nuestra identidad real y confusión de roles serían los desafíos principales a hacer frente para superar esa etapa, según Eriksson. Como ciudadanos españoles, llevamos demasiado tiempo atascados en una etapa en la que sí, pareciera como si nos hubieramos modernizado y europeizado, pero internamente, no hemos realizado los cambios necesarios para salir de nuestro pasado opresor.

  • Cuando anteponemos nuestra obligación y nuestro deber como representantes de una función o un rol, a nuestro derecho de ser seres humanos libres, nos encadenamos a nosotros mismos. Cuando hacemos eso, obligamos a los demás a permanecer encadenados también. Porque nos negamos la libertad, se la negamos al otro.
  • De lo contrario, si permitiéramos la libertad a cada individuo, tendríamos que permitírnosla a nosotros mismos, y haciendo eso, quizás nosotros mismos cuestionásemos ese Sistema tras el cuál nos escudamos hoy. Quizás esa es la auténtica razón de la incomunicación actual entre gobernantes y gobernados: unas ceguera y sordera convenientemente auto-impuestas.

Aún queda mucho camino por recorrer para que el dialogo real y efectivo, sincero y genuino, desde la libertad, el respeto y el amor, se instauren en nuestras familias, en nuestras empresas, nuestros barrios, nuestros colegios, nuestros hospitales, nuestras fuerzas de seguridad, nuestros gobernantes. Reprimidos como aún andamos muchos, totalmente desconectados de nuestros sentimientos reales, aquello que es nuestra verdad tal y como la sentimos, ¿cómo podemos pretender saber quiénes somos ni lo que queremos, si por miedo sofocamos nuestra verdad a cada ocasión?

Sé que muchos estamos saliendo gradualmente gracias a nuestro esfuerzo personal del infierno de la negación de quienes somos, descubriendo cuál es nuestra verdad; sin embargo muchas personas necesitan aún encontrar el valor de dar esos primeros pasos en esta dirección. Si queremos construir un mundo mejor, es importante conectarnos con nuestros sentimientos reales y desde ahí definir quienes somos, quienes queremos ser y en qué mundo deseamos vivir y con esa información, salir ahí afuera, al ancho mundo y compartir nuestra inspiración nuestros deseos con los demás, buscando puentes que nos unan y no cavando abismos infranqueables que nos separen aún más.

Que esta pequeña reflexión sirva para unirnos, no para separarnos

Con cariño,

Wallie.

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7 comentarios leave one →
  1. 10 junio 2011 3:47 PM

    Es un enfrentamiento muy ilustrativo.
    Una mujer que se siente ciudadana en vez de súbdita, y que plantea la posibilidad de cambiar una parte del sistema.
    Y un hombre que se cree su papel de monarca más que de ciudadano, que la trata como súbdita, rodeado de acólitos que le defienden.
    Pero es curioso, lo que se percibe es que se ponen todos nerviosos, ellos, los que ostentan el poder, los inaccesibles, ante las palabras de una simple súbdita.
    En el fondo se sienten amenazados, son mucho más débiles interiormente que esa mujer. Por eso dejan de razonar para ponerse en el nivel del paternalismo, o de la violencia verbal. Pero ya se sabe que los débiles por dentro se atrincheran detrás de muros muy gruesos confeccionados con armas, poder y dinero.

    Felicito la iniciativa de esta mujer.
    Repito, el documento es todo un tratado de psicología, en el que se ve en seguida quién tiene miedo y quién no. Gracias Wallie.

    • purapresencia Enlace permanente
      10 junio 2011 11:46 PM

      Gracias Gunther por añadir tu visión ante el documento…tu descripción es muy acertada…es un documento que nos muestra muchas claves, incluido el lenguaje no verbal que no mencionamos, como unos oportunos giros de cabeza hacia atrás como buscando respaldo, apoyo…
      Igualmente las actitudes que tenemos que nos demuestran lo que esperamos internamente…esa sensación de estar en “oposición a” y no “junto a “…que colocan a quien se posicione de ese modo, en una actitud de entrada defensiva.
      Muchas claves del estado interno de las personas…
      Un abrazote!
      W

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