Antes de El Camino
“A la par que otros deportes que desarrollaba de forma paralela, mi vocación, mi pasión, mi búsqueda, el verdadero sentido de mi vida que desde pequeño me despertó, creció conmigo de una forma tranquila, reposada y vigorosa.
Este despertar se concentraba en comprender, el qué, el porqué, el cómo y el cuándo (el qué hacemos aquí, el porqué y para qué, el cómo hemos llegado, el cúando uno es consciente de un desarrollo interno, espiritual, anímico y para qué se desarrolla el ser humano)”.
“Como en el vuelo, aquí tambien se trata de conciliar el aprendizaje, mezclarlo con el conocimiento adquirido, convertirlo en Fé, o en convicción, conocimiento, y no forzar máquinas, sino adaptarte a la confianza de que cualquier conocimiento aprendido y adquirido sólo va a servir para un momento en que otro nuevo y más elevado viene a substituirlo, ¡nunca podremos anclarnos y quedarnos quietos, porque la verdad nunca se está quieta, siempre evoluciona contigo mismo (…)”
“Enfrascado en estas actividades, un día me sorprende una voz que, procedente de mi interior y sin diferenciarse mucho de la de mis propios pensamientos, se expresa y me suelta: ¡tienes que hacer el camino!”
Ra.
Recordemos brevemente que yo hablo y escribo basado en mis propias experiencias y experimentaciones de vida; de esta manera sólo puedo afirmar experiencias y hechos concretados y realizados en mí. Mis apreciaciones y la comunicación que hago de éstas, son para promover el conocimiento en mis hermanos de ruta, y si les sirve de algo, o promueve en ellos alguna acción a moverse en cualquier dirección, ¡ya seria algo!
Una breve mirada atrás.
Quizás fué “el Inicio de un Inicio” ¡Mira que hace años ya!
Creo que fue por la primavera del 1976.
Medio embargado por el quehacer cotidiano, con mis múltiples cargas, unas de pensamientos, otras de la problemática familiar de la pareja, de los hijos, de los colegios, del trabajo, mis deportes, la economía y un sinfin de circunstancias que anclan en tierra, en esta tierra de mantenimiento y economía, de política y religión, de positivo-negativo y todo lo que la mente quiera apostillar.
En fin, como cada quien, como cada hijo de vecino pasaba mis horas, mis ratos de asueto, mis días y mis noches.
Me he pasado muchos, muchísimos años volando. En mis inicios se despertó la pasion por el Vuelo Libre (en Ala Delta), justo al acabar de ver una pelicula -“El asalto de los hombres pájaro”-, en el cine Floridablanca, cerca de mi casa en Barcelona.
Empecé a buscar insistentemente (de una forma insistente, pero sin angustiarme), noticias, direcciones, personas, lugares y concentraciones de los “hombres pájaro”, hombres que sustentados por una estructura de aluminio aeronáutico cubierta con una vela de dracon y atados por una cuerda (sin paracaídas), saltaban al vacío para probar y sentir sensaciones que el resto de seres humanos aún ni habian podido soñar.
De esta forma fueron llegando datos, noticias, direcciones, teléfonos.
Y lo encontré; encontré de instructores a los hermanos Pedemonte, los cuales en un corto fin de semana y previo pago de 15.000 pesetas “del ala” me permitieron pegarme unos cuantos porrazos con un ala de las de antes de Noé.
Era duro el aprendizaje… acabé con micciones de color rojo el mismo domingo, ¡cuantos culazos en tierra! Luego… la compra de un ala, adaptar la “baca del coche” y… conciliar aprendizaje, adaptarlo a conocimiento, convertirlo en automatismo reflejo y… ¡volar!.
Tenía un amigo que decia: “¡Volar es estar en casa Dios!”
A la par que otros deportes que desarrollaba de forma paralela, mi vocación, mi pasión, mi búsqueda, el verdadero sentido de mi vida que desde pequeño me despertó, creció conmigo de una forma tranquila, reposada y vigorosa.
Este despertar se concentraba en comprender, el qué, el porqué, el cómo y el cuándo (el qué hacemos aquí, el porqué y para qué, el cómo hemos llegado, el cuándo uno es consciente de un desarrollo interno, espiritual, anímico y para qué se desarrolla el ser humano).
Como tú y como otros, asistía a charlas, cursos, conferencias, reuniones; oteaba horizontes y miraba cielos buscando señales, objetos volantes y luces ajenas a la normalidad.
Buscaba en las bibliotecas escritos de arcanos, de espiritualidad y espiritismo, de ciencias herméticas y esotéricas, revistas y escritos que más que nada aumentaban mi propia incertidumbre.
Hablaba con compañeros de grupo, hacía fuegos en San Juan y saltaba las brasas anhelando encontrar respuestas.
Cierto que he visto ovnis en los cielos de Barcelona, de Catalunya y de toda España, cierto que estan entre nosotros, cierto que nos observan, pero todo el mundo calla a veces por miedo de hacer un poco el ridículo, o de caer en entredicho con los demás. ¡Qué mas dá!
Como en el vuelo, aquí tambien se trata de conciliar el aprendizaje, mezclarlo con el conocimiento adquirido, convertirlo en Fé, o en convicción, conocimiento, y no forzar máquinas, sino adaptarte a la confianza de que cualquier conocimiento aprendido y adquirido sólo va a servir para un momento en que otro nuevo y más elevado viene a substituirlo. ¡Nunca podremos anclarnos y quedarnos quietos, porque la verdad nunca se está quieta, siempre evoluciona contigo mismo, hasta que llegas a una verdad grande, la cual ya no puedes ni debes superar, pero claro… ¡eso es muy esquivo!
Enfrascado en estas actividades, un día me sorprende una voz que, procedente de mi interior y sin diferenciarse mucho de la de mis propios pensamientos, se expresa y me suelta: ¡tienes que hacer el camino!
¿Quéee? Me pregunté a mi mismo inciando un dialogo sorprendente. ¡Que tienes que hacer el camino! Responde, ¿el camino a dónde, de qué, por qué? ¡Tienes que hacer el camino!, suelta de nuevo. ¿Camino, un camino, qué camino? ¡Ahhhhhhh! ¿El camino de Santiago?, medio afirmo al no encontrar correspondencia de otro camino que sea camino y que se encuentre a tiro de neurona en mi cerebro.
¡Tienes que hacer el camino! Y dale que te pego, así se tiró la cosa durante un rato, en un concierto coloquial y divertido por descubrir algo que era mío, pero desconocido a la par que conocido, porque juro por mí mismo que yo me sabia totalmente cuerdo.
Cuando se concretó el imperativo, vinieron los principìos de acuerdo, ya que “El Camino” de (ir a Santiago), ya había ido, varias veces de turismo, de viaje de vacaciones, pero nunca lo había interpretado de otra manera.
Empecé a informarme de qué era en realidad el Camino de Santiago (te aconsejo que busques por ti mismo información acerca del camino de Santiago y te sorprenderás. Estaba en esas cuando de repente le pregunto a la vocecilla “¡oye!, que el camino de Santiago es muy largo, ¿no querrás que me vaya a Palestina a iniciarlo, no?”
¡AAAAAA!, responde la voz. ¿AAAA?, pregunto. ¡AAAAAA!, responde. Vaya con la ayuda que tengo contigo, pienso. Mira, podemos ir a Saint Jean Pied de Port, que está aquí cerquita, en Francia, o mejor a Roncesvalles (lugares en los que ya había estado). AAAAAA, vuelve a berrear mi voz interna. Agarro un mapa y empiezo a buscar a lo largo de la ruta Francesa de “El Camino” AAAAA. Busco una población que empiece con A y… me encuentro Astorga, A 310 km de Santiago de Compostela.
Según refieren los que escriben acerca de la ruta Francesa y de El Camino en general, cuando realizas “El Camino” has de hacer 300 Km. “mínimo”. Si no (en aquellos tiempos) el Arzobispado no te emite el certificado que acredita que lo has realizado. “La Compostela”.
El pasaporte, la acreditación que sellan por albergues, parroquias, ayuntamientos, hospitales, posadas y demás paradas del peregrino, acreditan el lugar de comienzo, los pasos, la ruta, las paradas, la fecha y las horas en las que “sellan”.
Imagen del documento “La Compostela”
Amigos míos… lo importante del peregrino, es la ruta, su interior, su dedicación, su propia contemplación, la propia esperanza de auto-convertirse en peldaño físico de su propia ascensión.
Corría el año 1998, cuando tomo la decisión de aprovechar mis vacaciones de Agosto, para iniciar la ruta.
Dejo mis cosas preparadas en casa, pues es un camino que debo realizar en soledad, y tomo un tren hasta Astorga, a donde llego después de un lento viaje en el que me paseo por casi todo el norte de España; “cosas de la Renfe” [acrónimo de Red Nacional de Ferrocarriles Españoles].
Consejo: Si queréis hacerlo, llevar lo imprescindible; yo me “cargué” con una mochila de 18 kg. (no lo recomiendo).
Mi llegada a la estación de Astorga, fue después del mediodía. A eso de las tres de la tarde, y con un Sol que apretaba lo suyo, empiezo a desplazarme camino de la Catedral, para solicitar el “carné” acreditativo de peregrino.
No os voy a explicar la caminata, no, pues cada uno la puede ver e interpretar a su justa manera, sólo os explicaré algo que todavía hoy, perdura en mi mente con un estremecimiento, una vibración, un recuerdo cariñoso a la vez que agradecido.
Antes de que en Sarria (Lugo) empezase a escribir “El Camino de Santiago”, en un camino amplio por la ladera derecha de un valle que en el alba del dia apareció neblinoso, con ese velo suave que arrulla la tierra Gallega antes de que luces y sombras se definan, mañana fría de abrigo, caminando cerca de un caserío donde unas pastoras arreaban las vacas, (ya espigaditas ellas) vistiendo unos monos de faena azul oscuro veteados por salpicones de excremento vacuno, calzadas de zuecos y armadas con una vara semi-seca, me asalta el saludo de una noble anciana, recia, achaparrada, con sus canas vestidas de pañuelo fuerte y negro, como negro era su vestido y su mandil.
¡Buenos dias!, me ofrece. ¡Buenos dias!, contesto. ¿De dónde eres hijo? Pregunta con voz fuerte, pero delicada y atenta. ¡De Barcelona, señora! Contesto atento y respetuoso. ¿Que eres peregrino quizás? A Santiago voy caminando, a visitar al Patrón!, me tercio empezando una conversación a pié, parado en el centro de un camino en subida.
Dándome cuenta de la existencia de una fuente a mi derecha, aprovecho para tomar un sorbo de agua con el hueco de mi mano en forma de cuenco. Al sorberla, confirmó una frescura rayana en helor que mi mano había anticipado a mis sentidos, y es que las 7 de la mañana -si es que lo eran- hacia poco que habrían pasado por el minutero del reloj.
“Ayyyy, hijiño, yo no puedo ofrecerte nada, (dijo) pero si quieres que te lave alguna ropa que tengas sucia…”
Allí me rompí; ver sus manos de dedos sarmentosos, medio doblados por algún tipo de reuma, y torcidos por el trabajo manual, ofreciéndose a lavar alguna ropa que llevase sucia, en esa agua gélida, hizo romperse algo en mi interior. Al notar su ofrecimiento en servicio y Amor, hizo que mis vellos se electrizasen, que mi piel se pusiera “en carne de gallina” y que mi corazón a la misma vez que se empequeñecía por el ofrecimiento, se ensanchase y llenase de profunda gratitud y sentimiento.
“Gracias señora, muchísimas gracias, pero no tengo nada que pueda lavar; pero le dejo un trozo de mi corazón a ver si algo puede aprender de su humildad y grandeza”.
Con un abrazo a la señora y un sentimiento turbador, proseguí la marcha montaña arriba hacia Santiago de Compostela.
El aprendizaje en sentimiento, el aprendizaje en “camino”, en llagas de pies doloridos, en calor de compañía de los caminantes que te adelantan y adelantas, en refugios y albergues con salas llenas de literas que proporcionan descanso y cobijo, junto a las duchas de agua caliente que restañan fatigas, voluntarios y sanitarios que curan torceduras en extremidades y que enderezan almas, las pequeñas conversaciones en los altos para alimentarse, o compartir o simplemente sentarse en un ligero descanso…
Es una sensación para vivirla, por eso os la cuento, a ver si os animo a empezar ese Camino de Santiago que os ha de llevar a vosotros mismos.
Con todo el afecto que os lo escribo.
Ra.
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Querido hermano Ra. un abrazo fraterno ante todo. Me ha llenado de amor tu escrito. Por qué, no lo sé, quizá porque hace tiempo que esa misma frase brota en mi cabeza y me he sentido aludida por tener que realizar el camino. Llevo algunos años queriendo hacerlo sola, pero de momento no me he atrevido y cuando me atrevo, algo se tuerce.
Ala delta, bufffffffff me muero por volar¡¡¡¡, vale el parapente? jajaja, me atrae mucho más. Supongo que es parecido el manejo….
Recuerdo de pequeña haber volado en sueños muchas veces, pero en particular una de ellas fue tan real, que pregunté a mi mama ¿a que volé?, tu me viste.
Recibe mi enhorabuena por llegar a nuestros corazones con tus escritos. Todavía tengo una frase tuya en mi cabeza. Rebusca entre lo publicado, GRACIAS porque encontré lo que buscaba y te lo debo a ti.
Mi afecto más sincero y recibe mi abrazo hermano.