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FEMINAZISMO de Ayer y Hoy. “El mal por elección”, artículo de Mª Prado Esteban, desmontando mitos del feminismo de estado

22 marzo 2013

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Reproducimos a continuación el artículo de Prado Esteban, El mal por elección, un comentario al libro de Mónica G. Álvarez “Guardianas nazis. El lado femenino del mal”, un texto que desmonta el mito reaccionario y destructivo de que las mujeres nunca escogen la depravación y la iniquidad, mito que sustituye, con el mismo sentido y resultado, a aquel otro que presenta a las mujeres como perversas por naturaleza.

Lo sensato es considerar a hombres y mujeres como seres con albedrío, dotados tanto para la excelencia y la virtud como para la maldad.

(Introducción de abajolatiranía)

El mal por elección

María del Prado Esteban | De nuevo nace la polémica sobre si acusar a algunas mujeres de hacer el mal es machismo puro, tal y como nos dicen los las jerarcas de la cosa pública. Así, en tiempos en que la corrupción política y económica está empedrada de nombres femeninos, cuando en las cargas policiales más duras se emplean un número creciente de mujeres, y cuando en las empresas las jefas atropellan tanto o incluso más que los jefes la dignidad de las personas (hombres o mujeres) bajo su mando, no se puede decir que hay mujeres que ponen denuncias falsas en muchos casos por odio y en otros por seguidismo con las campañas institucionales e incompetencia para tomar decisiones propias; no, no se puede decir sin ser acusado de machista.

Es tanto el ruido que hacen los medios y los organismos estatales que apenas se puede oír la realidad, por eso cobra más importancia que en los últimos tiempos cada vez más mujeres hayamos tomado la iniciativa de desmontar con hechos y con argumentos esa deplorable construcción ideológica que usa la adulación para someternos. Es el caso del reciente libro de Mónica G. Álvarez, “Guardianas nazis. El lado femenino del mal”.

En este texto de investigación periodística se hace un recorrido por la biografía de 19 mujeres como representantes del mucho más nutrido grupo de las guardianas de los campos de concentración del Tercer Reich; mujeres como Ilse Koch, “La zorra de Buchenwald”, Irma Grese “El Ángel de Auschwitz”, María Mandel “La Bestia de Auschwitz”, Herta Bothe “La Sádica de Stutthof”, Dorothea Binz “La Binz”, Hermine Braunsteiner “La yegua de Majdanek” y Juana Bormann “La Mujer de los perros” a las que apoda “las siete Arcángeles del terror”, y  las otras doce a las que nombra en el epílogo como “Las Doce Apóstoles del Reich”, son retratadas por la autora a través de sus actos de barbarie y de maldad hacia mujeres y hombres por igual.

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Estas son las personalidades elegidas por la periodista, un puñado de mujeres que representan a las muchas miles que participaron de la brutalidad del régimen nacional-socialista. Solo en el campo de Ravensbrük se llegaron a formar y preparar cerca de 3.600 mujeres para las tareas de control del resto de campos diseminados por la geografía europea bajo control del Estado nazi. No todas eran alemanas, también colaboraron muchas de otras nacionalidades como Hildegard Neumann y Ruth Elfriede, checas o Gerda Steinhofff, Irene Haschke y Therese Brandl, polacas, lo que demuestra que las mujeres, como los hombres, nos conducimos en el mundo por voluntad y por ideas y no por innatos condicionantes sexuales o étnicos.
Algunas eran madres, lo que no significó un obstáculo para llevar a la muerte, muchas veces por sus propias manos, a una enorme masa de niños y niñas. Esto demuestra que el hecho reproductivo, por sí mismo, no nos hace mejores, y sólo es un elemento de humanización cuando se inscribe entre los actos del amor y del compromiso con la vida; como trance biológico es un acto del cuerpo como cualquier otro, por lo tanto las ideas simplistas y los estereotipos sobre la maternidad tienen que ser puestos en duda dado que no se corresponden con la realidad.
Las mujeres que describe Mónica fueron tan crueles y bestiales como los guardianes hombres e incluso más que ellos en algunos casos, así lo declara una mujer húngara en el juicio contra María Mandel. Las atrocidades que perpetraron, las torturas inhumanas que infligieron representan las más crueles perversiones. Lanzar perros contra mujeres, hombres o niños hasta causarles la muerte o matarlos  a patadas, latigazos o palos. Asesinar a recién nacidos, exterminar por hambre, frío o agotamiento a miles. ¿Eran también ellas víctimas de la cultura machista? ¿Eran irresponsables de sus actos? ¿Estaban los prisioneros varones en una posición de superioridad histórica y cultural sobre estas féminas? La autora concluye que “con ellas se demuestra que la maldad y el sadismo es cosa del género humano, sin distinción de sexos, algo que han puesto en duda las feministas más radicales”. Sin embargo, esta verdad elemental es hoy negada por un nuevo fanatismo esencialista que ha sustituido el principio biológico racial nazi por el sexual, construyendo así un pensamiento religioso que toma lo femenino como bien universal y como argumento para el desarrollo de campañas de represión, manipulación y manejo de las masas.
Hoy, la ortodoxia sexista plantea que dudar de la palabra de la mujer es una aberración y se lanza el calificativo de terrorista y defensor de la violencia machista a quien se atreva a decir que existen denuncias falsas favorecidas por la Ley de Violencia de Género, puesto que esta ley considera que la palabra de la mujer es suficiente prueba y tiene valor para limitar el principio de presunción de inocencia.
Pues bien, si algunas mujeres han podido torturar, atormentar y sacrificar en los campos de concentración nazis a cientos de miles de hombres, niños y niñas y a otras mujeres ¿por qué motivo no podrían también poner denuncias falsas?, ¿por qué no buscarían sus intereses aprovechando las ventajas de la ley?, ¿por qué no iban a permitirse los privilegios del odio?
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Cuando las campañas mediáticas de “sensibilización”, es decir, de propaganda y manipulación mental están dirigiendo a las mujeres hacia un estado de miedo-odio hacia los varones y una nueva ideología basada en las luchas por poder, y a la vez se ponen en sus manos instrumentos que permiten prevalecer sobre sus pares del otro sexo con la ayuda del Estado, ¿por qué habrían de usarse tales privilegios sólo de forma legítima?
Muchas vivimos el hartazgo del mito sobre la superioridad moral femenina que nos presenta como buenas por naturaleza aunque no por virtud, pues presupone nuestra incapacidad para hacer el bien por elección o por mérito, o el mal por libre albedrío. Nos sentimos aliviadas al comprobar que el mal está a nuestro alcance de la misma manera que lo está la grandeza y la excelencia, podemos pues, forjarnos por propia iniciativa a favor de la vida y de la libertad o de la barbarie y la muerte, lo que nos pone en la tensión de elegir y construir con conciencia y voluntad nuestra biografía y nuestras obras.
La realidad es que nuestras ideas y elecciones nos constituyen, por lo que la conversión a un ideario depravado o a unos intereses corrompidos está presente numerosas veces a lo largo de la vida y ello trueca a sujetos corrientes en monstruos, tal y como demuestra Mónica G. Álvarez al estudiar a ese grupo de carceleras. La mayor parte de ellas eran mujeres normales que hacían una vida normal y que fueron voluntarias, es decir, eligieron sumarse a la causa del Reich e involucrarse en los proyectos represivos y genocidas del régimen, ya fuera por convicción, por ansia de poder, por dinero  o por dar rienda suelta a sus instintos de odio y violencia; en cualquier caso lo hicieron por motivaciones propias y no únicamente prestadas o inducidas desde fuera, tampoco por desequilibrios psíquicos ni mentales. No eran solo víctimas del sistema, sino co-autoras de las monstruosidades que de él se derivaron.
Lo cierto es que la mayor parte de las 250.000 mujeres que trabajaron como voluntarias para el régimen nazi, en general, tenían trabajo, eran enfermeras, matronas, cobradoras de tranvía, peluqueras, profesoras o funcionarias de correos entre otros oficios; no eran pues mujeres dependientes económicamente, sino “liberadas” según el patrón de un feminismo que ha hecho del dinero y del salariado el culmen de la libertad. No estaban obligadas por ningún hombre a hacer lo que hicieron ni eran consideradas como segundonas o simples ayudantes a las órdenes de los varones; el propio Himmler señalaba que los guardias debían ver y tratar a las guardianas como sus iguales y camaradas[1]. Todas las interpretaciones causalistas que quieran explicar por impulsos exógenos las acciones de estas féminas caerán en contradicciones flagrantes al estudiar los hechos de sus biografías.
Las responsables de la brutalidad y la crueldad que desarrollaron contra los prisioneros y prisioneras son ellas mismas y no otros, ellas mutilaron, martirizaron y asesinaron a miles, en muchos casos por placer sádico.
 De Dorothea Binz que dirigió una escuela de guardianas en Ravensbruck se dice que entrenó a sus alumnas en los puntos más finos del “placer malévolo”, que ella había aprendido a su vez de María Mandel, la colaboradora de Mengele en Auschwitz. En efecto, el sadismo fue un componente esencial de la ideología de las SS y de los fascismos, tal y como denuncia con una fuerza y un realismo aterrador Pasolini en “Saló o los 120 días de Sodoma”, y ese componente formó parte de la acción de los varones tanto como de las mujeres.
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Cuando se ha convertido en lugar común codificar el pene como un arma y la sexualidad masculina primigenia como violación, cuando se ha construido el término hetero-patriarcado para definir un estado de sometimiento y abuso que han hecho los hombres históricamente sobre las mujeres, los sucesos que ocurrieron realmente en los campos de concentración nazis no encajan en esa versión maniquea y perversa del sexismo feminista. Allí varios miles de féminas se convirtieron torturadoras y, en muchos casos, también en violadoras de otras mujeres y hombres. Violadoras, sí.
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La feminista Joanna Burke en Los violadores. Historia del estupro de 1860 a nuestros días, fue la primera que se atrevió en nuestros días a usar ese término para catalogar las acciones de un núcleo de mujeres, cierto que mayoritariamente militares, que abusan de hombres o mujeres usando el sexo como instrumento de sometimiento y dominación sobre sus rehenes. Después lo ha hecho el Tribunal Internacional de la Haya condenando a Pauline Nyiramasuhuko, la ministra ruandesa de mujer y familia en 1994, por genocidio y también por instigar la violación de más de 500.000 mujeres tutsis; y, recientemente, a Yvonne Basedya, la jefa de una unidad de la milicia hutu, por haber participado directamente en las violaciones y muerte de un número indeterminado de mujeres y hombres. Hay pues, mujeres violadoras.
De esa categoría forman parte las desalmadas que retrata Mónica. De Ilse Koch, “La zorra de Buchenwald” se dice que “organizaba orgías lésbicas con las esposas de los oficiales” y con los subordinados de su marido, organizando juegos perversos de seducción sexual con los prisioneros a los que incitaba para luego imponer castigos corporales brutales de su propia mano u ordenándolos a los guardias. Ella, que no era guardiana, sino esposa de un comandante, si participaba de la violencia contra los prisioneros era por gusto. Aunque no pudo demostrarse, se la acusó de seleccionar para ser ejecutados a hombres cuya piel tatuada se usó para fabricar objetos de diverso tipo como lámparas; aún sin ser esto probado, fue condenada a cadena perpetua por sus numerosos actos de brutalidad.

Irma Greese

Irma Greese

Más depravada incluso que la Koch fue Irma Grese, su belleza angelical -parecía una Madonna- ocultaba un monstruo capaz de las mayores atrocidades. Tenía tan solo 22 años cuando fue ejecutada en 1945. Grese formó parte del equipo del doctor Mengele con el que colaboraba en la selección de las víctimas para experimentos médicos o para morir gaseadas. Su persona causaba terror en los prisioneros y prisioneras de Auschwitz pues siempre se movía acompañada de sus feroces perros adiestrados para matar, a los que lanzaba sistemáticamente contra hombres, mujeres o niños, que eran devorados en presencia del resto de prisioneros.

Aunque tuvo amantes varones Irma prefería a las mujeres para saciar una sexualidad perversa volcada en el poder y la violencia sobre el otro. Entre las prisioneras buscaba mujeres bellas y exuberantes a las que destrozaba los pechos con su látigo, luego dejaba que las heridas se infectasen para poder llevarlas a amputar las mamas, operación que ella presenciaba y que se realizaba sin anestesia. Griselda Pearl, médico de los prisioneros lo cuenta y dice, “entonces ella se excitaba sexualmente con el sufrimiento de la mujer”. Otras internas declararon que Irma Grese tenía aventuras bisexuales y buscaba relaciones lésbicas con algunas internas a las que luego mandaba al crematorio.
La conclusión obvia es que la violencia sexual no es patrimonio de los hombres, que no hay una innata tendencia genética a la agresión y que no es necesario ser heterosexual para pertenecer a ese minoritario pero selecto rango de los y las violadores, y que son determinadas ideologías las que animan estas depravaciones, ideologías del odio que, es cierto, han sido patrimonio principalmente de los ejércitos y de las guerras y, por eso, en el pasado, mayoritariamente de los hombres, no por el hecho de ser hombres, sino por ser soldados. Sin embargo, siempre ha habido un núcleo de mujeres que se han implicado en esos lodazales, un número que será creciente en nuestros días por la mayor incorporación femenina a esas funciones tradicionalmente masculinas. Esto que parece obvio, no lo es para el grupo de los fanáticos de las nuevas religiones políticas que definen las categorías del bien y el mal asociadas a los rasgos sexuales o raciales o a la orientación erótica de las personas según el caso, culpando al hombre blanco heterosexual y exculpando, de paso a las estructuras del poder del Estado.
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Con argumentos pueriles y mucha vehemencia han definido que el mal se encuentra contenido en el grupo de los hombres  blancos y heterosexuales, y que las mujeres, los no heterosexuales y los grupos raciales no blancos son siempre víctimas y portadores del bien social e histórico[2]. Su racismo, sexismo y esencialismo extremista ha generado una nueva fe religiosa, ciega y alucinada, que valora a las personas no por sus actos, por su obrar en el mundo, sino por raza, su sexo o su orientación erótica.
Al igual que las carceleras de Reich, convencidas de su superioridad por pertenecer a la raza aria, estos nuevos segregacionistas terminarán por constituirse en un nuevo linaje de superhombres (un concepto ultramachista  nietzscheano que adoran muchos feministas), una nueva aristocracia que gobierne implacable sobre las castas inferiores de hombres y mujeres-macho (todas las díscolas con la nueva fe) blancos y eróticamente inclinados al sexo contrario.
Los principales focos de la violación son las guerras, las estructuras del poder jerárquico e ilegítimo (lo son hoy principalmente la empresa capitalista y todas las instituciones estatales), los grupos de delincuentes y marginales (tanto más abundantes cuanto más destruida esté la sociedad popular y horizontal) y el ascenso en la sociedad de ideologías del odio, del apetito de poder y del victimismo agresivo. El hecho de ser varón o mujer, heterosexual, homosexual, lesbiana, bisexual, transexual, blanco o de otra raza son únicamente particularidades, formas de manifestarse esas infamias,  y son histórica y espacio-temporalmente  cambiantes.
El uso y abuso de los seres humanos con motivos sexuales o de puro sadismo y voluntad de poder es una lacra de las sociedades despóticas. Así, imitando a “la Binz” y a la “bestia de Auschwitz”, después de terminar la guerra, en 1955, escribió Simone de Beauvoir “Faut-il brûler Sade?”, un panegírico del llamado divino marqués (tal vez por su condición de ateo que se investía con los atributos de dios) que demuestra la debilidad de la madre del feminismo moderno por el gran misógino y asesino de mujeres. Sólo por corrección política y por la necesidad de mantener su reputación de luchadora contra el nazismo (falsa toda ella) no pudo la francesa hacer el elogio de las atrocidades de Irma Grese, la cual puso en obra las fantasías del aristócrata de conquistar la completa “libertad” destruyendo a otros seres humanos.
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En nuestros días el ascenso de una casta de mujeres poderosas y de otras colaboradoras del poder en sus ejércitos, policías e instituciones jerárquicas hará que crezcan las maltratadoras, agresoras y violadoras; las mujeres y los hombres sin poder seremos víctimas bajo la bota de ellos y ellas, cada vez más omnipotentes. Las nuevas Irma Greses elegirán sus víctimas; las eligen hoy en muchas empresas, en el ejército y en las jerarquías estatales, entre sus subordinadas y subordinados.
No podemos conocer los datos de las violaciones en las empresas capitalistas, no tenemos detalles de los estupros, abusos y acosos realizados por hombres contra mujeres, por hombres contra hombres, por mujeres sobre mujeres y sobre hombres, no las conocemos porque la mayor parte de ellas no se denuncian y las que son denunciadas no se registran asociadas al ámbito en el que se producen, y, por lo tanto, sus particularidades permanecen anónimas.
En la medida que sigan aumentando las actuales operaciones de enfrentar y aislar a las mujeres y los hombres, destruyendo todos los lazos horizontales y naturales que nos han unido, las formas de la esclavitud, que incluye la esclavitud laboral y la esclavitud sexual, se harán más y más presentes en la sociedad; convertidos en ganado humano seremos usados por las castas dominantes de mujeres y hombres poderosos.

[1] El libro Las mujeres de los nazis, de la historiadora austríaca Anna Maria Sigmund, ha sido publicado el pasado noviembre en Austria, donde se vendieron 25.000 ejemplares el primer mes. Según la autora, las mujeres del séquito de Hitler no respondían al ideal de mujer propagado por la doctrina nazi: no eran amas de casa, ni se esforzaban por procrear en abundancia (a excepción de Magda Goebbels, que tuvo seis hijos).

[2]  Es deplorable leer cosas como un manifiesto en el 8 de marzo que asevera que “Una dona que estima i folla amb altres dones es converteix automàticament en una revolucionària.” (leer completo). Semejantes operaciones permiten que todo aquello que hagan las lesbianas se convierta, automáticamente en el bien. Para el próximo año les sugiero que hagan un homenaje a Irma Grese.

 –

Compartido por Pere Ardevol, de Equipo Mizar de Reporteros Ciudadanos.

Reedición de Freeman

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9 comentarios leave one →
  1. Beth permalink
    22 marzo 2013 1:51 PM

    para mi sentir hay que respetar los homosexuales y las lesbianas todo el mundo es libre de llevar a cabo lo que sienten dentro de si mismos siempre y cuando respecten la libertat de los demas sin hacer daño a nadie, es absurdo que odien a persones que amen a los de su mismo sexo es su personalidad y su sentimiento hay que respetarlos como ellos a nosostros, espero que todo se equilibre y haya mas comprensionj en todos nosotros mas toleranciAa paz y armonia. un abrazo chao

    • 23 marzo 2013 9:33 PM

      Efectivamente hay que respetar el sentir de cada persona -y protegerla- en algo tan personal como su orientación sexual. Esto está claro y de ahí parte la autora. Lo que el texto de Prado está denunciando es la manipulación y el abuso que se está haciendo del tema por parte de algunos sectores, con intereses espurios. Pasa lo mismo cuando, desde el victimismo y la manipulación, el sionismo capitaliza e instrumentaliza el holocausto para autoconcederse licencias y justificar toda clase de acciones y condiciones abusivas y torturas a otras personas y grupos humanos, incluso del mismo nivel que las que sufrieron tantísimas personas (judías y no judías) en los campos de concentración nazis.
      Un abrazo.

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