Skip to content

Ramana Maharshi: un reflejo de la quietud de las aguas profundas del océano absoluto

19 abril 2015

Ramana Maharshi: Sólido como una montaña

Por Philip T. Mistlberger

Extracto de: rude awakening: perils, pitfalls, and hard truths of the spiritual path

Ramana Maharshi Arunachala

Ramana Maharshi fue una de las raras luces de sabiduría del siglo veinte, uno de los pocos gurús de alto perfil de los tiempos recientes, quien no sólo estaba libre de escándalos, sino que también escapó a todo criticismo notorio (y lo más notable, del criticismo de sus pares). Su rareza, en parte, estaba en su pureza y su completa simplicidad. Después de un profundo y radical despertar a la edad de dieciséis años, pasó cincuenta y cuatro años cerca de una montaña particularmente pequeña. Era una demostración viviente de alguien que claramente ha ido más allá de cualquier asunto personal o deseo egocéntrico. Aunque nació en la tradición hindú, y esencialmente enseñaba Advaita Vedanta (generalmente reconocido como lo mejor de las enseñanzas hindúes), era, en muchas maneras un Buda por excelencia, manifestando en un alto grado de perfección ideales budistas tales como la sabiduría penetrante, desapego total, ausencia de deseos y acción compasiva (a través de sus incansables enseñanzas).

Nació con el nombre de Venkataraman Ayyar, el 30 de diciembre de 1879, en una pequeña aldea en Tamil Nadu, el estado más meridional de la India, el segundo de lo que sería una familia de cuatro hijos. A estas alturas, la mayoría de los biógrafos de su vida tienden a remarcar que Venkataraman era un chico aparentemente normal, inclinado hacia lo atlético, y algo vago en lo que se refería a los estudios, pero que tenía una notable característica, y era que poseía una memoria excepcional. (Usaría esa memoria para sobrellevar sus estudios sin realizar mucho esfuerzo). Sin embargo, si uno lee las historias de su juventud detenidamente, se dará cuenta que no era tan “normal”.

Sí que tenía grandes cualidades, además de su impresionante memoria. En particular, era propenso a un notable tipo de constancia (o terquedad) que demostraba de muchas maneras. Por ejemplo, era un inusual durmiente profundo. En sus últimos años contaría historias acerca de cómo sus amigos de la infancia, fascinados con lo difícil que era despertarlo, solían arrastrar su cuerpo, abofetearlo, y luego llevarlo de nuevo a la cama, todo sin que el chico se enterase de nada. Esta evidente habilidad de ser inamovible como una montaña interiormente ―un augurio fascinante de su posterior afinidad profunda con una famosa montaña y de su decisión de vivir toda su vida cerca de ella― le serviría de dos maneras claves. La primera era que cuando experimentó su gran despertar (mediante pura concentración y determinación) y la segunda cuando se negó a ser controlado por su tío y por su hermano mayor después de su despertar (ver debajo).

Además, el biógrafo de Ramana, David Godman, dijo que el joven Venkataraman era conocido por tener mucha suerte; por ejemplo, cualquier equipo en el que él jugaba, siempre ganaba. Debido a esto fue llamado Tangakai (“mano de oro”). Lo que típicamente descartamos como “buena suerte” también puede ser asociado con la habilidad de estar presente en lo que uno está haciendo. La vieja frase de los deportes: “un buen jugador genera buena suerte”. Un “buen jugador” es, esencialmente, uno que pueda concentrarse verdaderamente, alguien que pueda estar realmente presente en lo que está haciendo (los mejores atletas tienden a ser los que están más comprometidos, así como los “mejores” en cualquier actividad).

Ramana de joven                                                            El joven Venkataraman

El padre de Venkataraman falleció cuando él tenía doce años, y el chico y sus hermanos se fueron a vivir con su tío. A medida que entraba en la adolescencia no había señales de lo que le iba a pasar en unos pocos años. Sus primeros vislumbres espirituales ocurrieron en 1895, poco después de cumplir dieciséis años. Estos fueron escuchar el nombre de una montaña sagrada del sur de la India, Arunachala; a Venkataraman le impresionó el sonido y la calidad del nombre. Poco después de leer un libro acerca de unos santos hindúes sureños, se encendió la chispa. La suya no es la historia de un adulto que se topó con el camino de la iluminación, o de alguien que fue “forzado” hacia ese camino por circunstancias difíciles ― parecido a Hakuin, él tenía una predisposición innata de un buscador de la verdad por excelencia, así que respondió a las escrituras e historias de los sabios de manera natural y entusiasta, incluso a esa temprana edad.

Fue a mediados de 1896 cuando su famoso despertar ocurrió. Fue causado por un intenso miedo a la muerte que repentinamente se apoderó de él y lo abrumó. Se podría decir que fue similar a un brote psicótico, porque el miedo surgió de la nada y lo inmovilizó. Como él lo describió, la conmoción llevó su mente hacia dentro con lo que debe haber sido un extraordinario grado de fuerza. Luego se recostó en el suelo y, sintiendo su cuerpo congelado, comenzó a examinar sus procesos mentales cuidadosamente con mucha atención. Él realmente creyó que se estaba muriendo y eso le permitió desapegarse de su cuerpo. En una notable demostración de madurez espiritual natural, conquistó el miedo, y el pánico se detuvo. Luego, intencionalmente dramatizó el proceso de la muerte, conteniendo su respiración y fingiendo un rigor mortis. Lo que pronto emergió fue la repentina realización de que su verdadera naturaleza no era el cuerpo, o la identidad-personalidad terrenal conocida como Venkataraman. Su verdadera naturaleza era la Consciencia pura, o lo que él luego llamaría “el Ser” o “Sí-mismo” (Self). Observó, además, que ahora se quedaba totalmente absorto en el Ser, y experimentó una fascinación constante y apasionada con esta Presencia intemporal que tácitamente se dio cuenta que era su propia naturaleza real. Esto pronto le llevó a la realización de que “él” no fue “absorbido” en el Ser. Él era el Ser.

Y básicamente, eso fue todo. Lo que es tan notable acerca de esta historia es que despertares de esta naturaleza no son del todo poco comunes (incluso no en su profundidad), especialmente entre los devotos y místicos o meditadores comprometidos. Sin embargo, en casi todos los casos, tal despertar es temporal, y más comúnmente, no es más que un vislumbre. Típicamente un buscador de la verdad, después de tener tal vislumbre, o incluso un despertar que durase varios días, pronto vuelve la identificación usual con la personalidad y con el cuerpo. Pero en el caso de Venkataraman la ruptura entre “el sueño” y el “despertar” fue tan profunda como definitiva. No habría regreso después de este evento, ni ningún regreso a la vida convencional. Resulta que su poderosa premonición de la muerte que precedió a su despertar, fue esencialmente correcta ― fue sólo esa identificación con el ego-mente lo que moría, no su cuerpo físico. (Eso no significa que el proceso interior de Ramana había terminado ―posteriormente pasó muchos años adaptando su cuerpo-mente a su despertar al Ser― pero la percepción esencial de su verdadera naturaleza fue, en su caso, total e irreversible).

La experiencia de su despertar ―y “evento” es la palabra correcta, no “experiencia”― aparentemente se desplegó en el curso de apenas treinta minutos. Arthur Osborne, uno de los principales cronistas de Ramana, informó que Ramana había completado en treinta minutos lo que a muchos buscadores “les lleva una vida entera, o varias vidas lograr”. Él además señala que no hubo nada “sin esfuerzo” acerca de este logro. El joven, de hecho, utilizó una combinación de enorme intensidad, determinación y pasión en una ráfaga de media hora para derribar las barreras de la mente que se interponían en el camino de la completa realización del Ser.

Después de su despertar, Venkataraman optó por no contarle a nadie lo que había sucedido, y continuó yendo a la escuela. Sin embargo, se encontró desconectado de la mayoría de las cosas que lo rodeaban. Realizaba sus trabajos escolares mecánicamente, comenzó a perder interés en las relaciones con otras personas e incluso perdió el interés en el sabor de la comida (dijo que continuaba comiendo como antes, pero que no le importaba si lo que comía sabía bien o no). También dijo que su comportamiento hacia otros se volvió indiferente, incluso sumiso a veces, porque había perdido todas las tendencias egocéntricas para defenderse, para competir, para probarse a sí mismo, etc.

Todo esto puede sonar peligrosamente parecido a algún tipo de enfermedad mental ―en particular, el “síndrome de la despersonalización”, como lo llaman los psicoanalistas― pero de hecho el muchacho no estaba desconectado emocionalmente y no había perdido la habilidad de sentirse vivo o apasionado. Era más bien que esta pasión había sido redirigida hacia una visión más elevada. Incluso tras haber perdido todo interés en lo que sus compañeros de clase hacían ―las cosas que los chicos de dieciséis años hacen en todas partes― Venkataraman visitaba por las noches un templo en particular donde, lleno de pasión y profunda emoción, se paraba durante horas en frente de ciertos iconos, tales como Shiva o Nataraj, a veces con lágrimas que le caían por su rostro.

Cerca de dos meses después de su gran despertar, a finales de agosto de 1896, las cosas comenzaron a cambiar. El tío de Venkataraman y su hermano mayor no aprobaban su ensimismamiento constante en su meditación y su negligencia hacia sus estudios, y no se anduvieron con rodeos. Un día, mientras realizaba un trabajo escolar de rutina, el muchacho fue repentinamente alcanzado por una realización abrumadora de que no podía seguir siendo un niño normal de escuela. Puso a un lado su tarea y se sumergió en meditación. Su hermano mayor lo regañó, sugiriendo que Venkataraman ya no era digno de la cómoda vida que se le daba. Dándose cuenta de que en cierta manera su hermano tenía razón, Venkataraman aprovechó el momento y decidió dejar el hogar definitivamente. Decidió viajar hacia el sur, hacia la montaña sagrada Arunachala.

Muchos adolescentes, chicos o chicas, sueñan con huir de sus casas, pero pocos lo hacen, e incluso menos son los que lo logran hacer permanentemente. Y aquellos que lo hacen, lo hacen en base a algún tipo de resentimiento hacia sus familias o sus tutores. El caso de Venkataraman fue de lo más inusual porque no se fue por ningún resentimiento, sino simplemente porque se había desconectado completamente de la vida convencional. No porque “rechazaba” esa vida, sino más bien porque una profunda pasión por la verdad espiritual se había despertado en él hasta tal punto que nada más importaba. Él simplemente quería que lo dejaran tranquilo para disfrutar y morar en su ensimismamiento en el Ser, como el Ser.

Su tía le dio una pequeña cantidad de dinero, que resultó ser suficiente (junto con la venta de sus pendientes de linaje Brahmán) para viajar hacia el sur en tren, hasta que llegó a la montaña Arunachala. Llegó el 1 de septiembre de 1896, y no la dejaría hasta su fallecimiento el 14 de abril de 1950. En muchos aspectos su “historia” termina aquí, aunque pasaría más de medio siglo enseñando, irradiando la Presencia de su verdadera naturaleza.

Arunachala                                                    La montaña de Arunachala

El Sabio de Arunachala

Después de haber llegado a la montaña sagrada Arunachala, encontró un templo cerca de allí, el cual estaba abierto y vacío cuando él llegó. Entró y se sentó en dichosa meditación. Al día siguiente dio vueltas por la ciudad y procedió a afeitar su cabeza y tiró lo que le quedaba de dinero. En pocas palabras, se estaba comprometiendo con la vida del renunciante. Es muy fácil hacer mal uso de tal camino, por ejemplo, para usarlo como un disfraz para esconderse del mundo y sus responsabilidades, pero en el caso de Venkataraman estaba claro que su renuncia era la expresión externa natural de la profundidad de su despertar interior. Todo verdadero despertar supone una ruptura radical o discontinuidad de algo ―no necesariamente con el cabello de uno o la ropa o el dinero― pero siempre supone una profunda demostración de que es posible sólo por la certeza ―la “verdadera” fe, esencialmente― generada por el despertar.

Venkataraman pasó varias semanas en reclusión, meditando en el templo. Algunos chicos locales, intrigados por este muchacho de más o menos su edad, sentado inmóvil día tras día, empezaron a burlarse y a tirarle piedras. En consecuencia, Venkataraman decidió retirarse más hacia el interior del templo, en una de sus criptas subterráneas. Este solo acto, fue muy valiente y otra demostración de la profundidad de la confianza del muchacho en su despertar, porque la cripta era antigua, estaba descuidada, oscura y no tenía nada más que bichos. Los chicos que lo molestaban tenían mucho miedo de entrar en la cripta así que se conformaron con arrojar objetos a la puerta. Eventualmente, los echó un transeúnte que, guiado por un místico local que había estado intentando proteger a Venkataraman de sus atormentadores sin éxito, descendió a la cripta. El hombre quedó asombrado por lo que vio: un adolescente inmóvil, con sus piernas cubiertas de heridas provocadas por los insectos y bichos. Su ensimismamiento era tan grande que aparentemente no era consciente (o no le importaba) que lo mordieran. Entró en trances tan profundos que descuidó incluso las necesidades más básicas de su cuerpo, como la comida y el agua. El benevolente transeúnte, preocupado, consultó a un Swami local, y él y otros más se llevaron al chico fuera de la cripta. Venkataraman permaneció casi sin responder por un par de meses (era prácticamente alimentado a la fuerza para mantenerlo vivo). Que cuidaran al muchacho, es una evidencia de la madurez espiritual de la cultura hindú (al menos en ese momento y lugar). En la mayoría de las otras culturas, una persona así hubiese tenido una suerte distinta, o por lo menos, hubiese sido tratada de una manera menos compasiva, en el intento de invalidar su experiencia.

De acuerdo con la mayoría de las enseñanzas acerca de la iluminación, el estado de Venkataraman en aquel momento era característico de una etapa temprana de realización, lo que a veces es llamado Nirvikalpa Samadhi. En este estado la mente se encuentra absorta, en una especie de trance, incluso hasta tal punto que el cuerpo queda prácticamente inmovilizado. Un contemporáneo más joven que Ramana, el sabio hindú Meher Baba (1894-1969), dedicó gran parte de su vida a ayudar a ciertos místicos que estaban absortos en este estado. Meher Baba se refería a ellos con el termino Sufi “mast” (literalmente, “intoxicado de Dios) y mencionaba lo fácil que era tomarlos por locos.

En ese momento, Venkataraman comenzó a ser conocido como “Brahmana Swami”. Al principio lo cuidaba un místico llamado Mouni Swami (mouni significa “silencio” en sanscrito), quien además de protegerlo, también se encargaba de la mínima nutrición diaria del joven sabio. El muchacho pronto encontró un árbol y pasó semanas sentado debajo de él, en profundo samadhi. Fue alrededor de este tiempo que algunos peregrinos empezaron a contemplar al luminoso joven sabio e incluso algunos se postraban ante él. Un buscador errante llamado Uddandi, quién había pasado años estudiando y meditando, pero se sentía frustrado por su falta de progreso, vio al joven Brahmana Swami y se convirtió en su primer discípulo, a pesar de que no había ninguna enseñanza verbal. El muchacho meramente continuaba sentado en silencio, aunque su conducta y la calidad de su presencia le indicaban a Uddandi que estaba auto-realizado, y que el solo hecho de sentarse en su presencia era instrucción espiritual directa. La “transmisión silenciosa” sería luego el principal método de enseñanza de Ramana.

Poco después, más peregrinos encontraron al joven sabio, incluyendo a un buscador llamado Palaniswami, quien inmediatamente reconoció a Brahmana Swami como su maestro y pasó las siguientes dos décadas sirviéndole como su asistente principal. El sabio fue trasladado por los asistentes que lo cuidaban hacia un bosquecillo frutal, y fue allí donde comenzó a utilizar su intelecto leyendo varias escrituras en tamil o sánscrito para poder responder las preguntas que le traía Palaniswami. De esta manera, el joven Brahmana Swami se encontraba más preparado para buscadores más intelectuales que se quedarían con él como discípulos en los años siguiente.

Ramana

Durante todo este tiempo, la familia del joven, especialmente su madre, habían estados preocupados por su desaparición y había enviado pequeños grupos de búsqueda para que intentaran encontrarlo. A través de varias conexiones, eventualmente lo localizaron a fines de 1898, cerca de dos años después de su partida. Uno de sus tíos le imploró al Swami que volviese a su familia, asegurándole que no interferirían con el camino de asceta que había elegido y que había un templo cerca donde podría quedarse y ser cuidado. Brahmana Swami permaneció sin responder. Simplemente se negó a permitir que cualquier apego se reforzara al proveer falsas esperanzas. Varios meses después, su madre y su hermano mayor le visitaron, y sus madre, día tras día, intentó, a veces llorando a veces enojada, que volviera a casa. (El hecho de que el cuerpo del joven Swami estaba muy descuidado ―como el típico sadhu hindú, se había puesto muy delgado, rara vez se lavaba y su cabello había crecido largo y enmarañado― indudablemente aumentó la preocupación de su madre). Las cosas terminaron cuando un día su madre se mostró muy efusiva y el joven no sólo la ignoro sino que se puso de pie (algo raro en él) y se alejó. Su madre se rindió y se fue. (Ella regresaría, dieciocho años después, junto con el hermano mayor de Ramana convirtiéndose en su discípula. Después de su muerte en 1922, Ramana la declaró “liberada”).

Como señala Arthur Osborne, toda esta secuencia remite a la escena del Nuevo Testamento donde se dice que Jesús no reconoció a su madre como tal, lo que implicaba que había pasado de la “pequeña familia” a ser un miembro de la “familia cósmica” de la totalidad. Sólo alguien que está radicalmente despierto puede realizar tal declaración, indicando que ha roto todos los apegos familiares, y en particular, el apego a la forma (esencialmente el cuerpo ordinario y la genética; es decir, el núcleo familiar). Aquí se ve nuevamente la delgada línea entre un despertar radical y una enfermedad mental (un estudio fascinante y abordado hasta cierto punto por el psiquiatra escoces R.D. Laing a principios del siglo veinte). Muchas personas con enfermedades mentales se han “desconectado” de sus familias por una infinidad de razones posibles y permanecieron “sin responder” a los miembros de la familia que intentaban restablecer una conexión e intimidad humana. Sin embargo, el estado de Brahmana Swami no era una enfermedad. Todavía tenía ciertas lecciones que aprender acerca de cómo cuidar su cuerpo, aunque sólo fuera para que pudiera guiar adecuadamente a otros, pero su estado era de dicha y profunda paz (algo incluso que era tangible por otros meramente por el hecho de sentarse en su presencia). Ese no es el estado de una persona con una enfermedad mental, sino el estado de alguien que ha trascendido la contracción egocéntrica y el dolor.

En 1899, Brahmana Swami, ahora de veinte años de edad, abandonó los templos cercanos y comenzó a vivir en varias cuevas que se encontraban en la montaña Arunachala. (Aunque se la llama montaña, es en realidad una amplia y achatada colina, de ni siquiera 3000 pies de alto, pero tiene una gran circunferencia de aproximadamente 8 millas, usada tradicionalmente por los peregrinos para hacer circunvalaciones). Permanecería en esas cuevas cerca de 23 años; aunque no en reclusión estricta, ya que siempre tenía asistentes y discípulos a su alrededor. En 1907, un erudito Védico llamado Sri Ganapati Sastri visitó a Brahmana Swami y se unió al grupo de discípulos que crecía lentamente, mientras al mismo tiempo le otorgaba al sabio de 28 años el nombre de Bhagavan Sri Ramana Maharshi. “Bhagavan” es un honorífico que significa, a groso modo “Señor”; “Maharshi” significa “gran sabio”. Ramana era una versión abreviada de su nombre Venkataraman. Ramana aceptó el nombre y fue conocido principalmente como “Bhagavan”, “Sri Ramana” o “el Maharshi” por el resto de su vida.

En 1922, a la edad de 43, Ramana abandonó las cuevas y se reubicó al pie de la montaña. Un ashram se construyó gradualmente a su alrededor. Permaneció allí los últimos veintisiete años de su vida, enseñando a una cantidad regular de visitantes que venían de todas partes, a veces con un discurso verbal conciso o sesiones de preguntas y respuestas, pero más a menudo a través de su presencia silenciosa poderosamente iluminada.

Ramana leyendo cartas

Enseñanzas

Aunque se han escrito libros relativamente largos acerca de las enseñanzas de Ramana, de hecho lo que enseñaba era supremamente simple. Enseñaba que nuestra verdadera naturaleza es el Ser trascendente, impersonal y universal, y que meramente sufrimos de un tipo de ignorancia o confusión mental que nos impide que veamos esto. Su método principal para descubrir esta verdadera naturaleza era a través de la auto-indagación, el incansable planteo de la pregunta esencial “¿Quién soy yo?” Esto es un koan Zen (y, de hecho, hay sorprendentes similitudes entre el maestro Zen Hakuin y Ramana, aunque su predisposición externa pareciera haber sido diferente ― Hakuin era agresivo y tenía una actitud de confrontación. Ramana era amable y en gran medida pasivo, aunque en ocasiones, desafiaba a los buscadores).

Obtener la auto-realización, o realización del Ser, a través de la auto-indagación necesita ser entendido. Como enseñaba Ramana, el pensamiento primordial “yo”, debe ser penetrado completamente. Inicialmente, cuando miramos hacia dentro encontraremos este pensamiento-“yo” sin problemas. Es la sensación común de “yo soi-dad” de la que la mayoría de las personas son conscientes, aunque sólo sea vagamente. Sin embargo, la auto-indagación no trata de permanecer en esta yo soi-dad, porque esa es en realidad el yo convencional ―el ego― observándose a sí mismo. Necesitamos ir más allá, más allá de la sensación de yo soi-dad convencional y ver qué hay “detrás” de eso; o más precisamente, anterior a eso. Lo que hay anterior a eso es el “Yo verdadero” o el “Yo-Yo” como a veces lo llamaba.

Ramana enseñaba que la principal causa de nuestra ignorancia del verdadero Ser es nuestra identificación con el cuerpo físico, y con ser una entidad separada en general. El verdadero Ser no está identificado con el cuerpo y no está, en el sentido estricto, localizado en el tiempo o el espacio. Al ser atemporal, es por lo tanto no-nacido e inmortal. Ni tampoco puede ser conocido a través del pensamiento. Obviamente podemos pensar acerca del verdadero Ser, y hasta podemos imaginárnoslo, pero lo que estamos pensando o imaginando es sólo un pensamiento o una imaginación; no es el verdadero Ser. Esto es esencialmente idéntico en significado a la famosa línea del Tao Te Ching: “El Tao que puede ser expresado no es el Tao eterno; el nombre que puede ser nombrado no es el Nombre eterno”.

Le podemos permitir a los traductores del Tao Te Ching cierta libertad, pero en el sentido estricto el Tao (el verdadero Ser) no es “eterno”, ya que eso implica un estado dentro del tiempo, es más bien atemporal. Ramana enseñaba que esta “atemporalidad” no es un estado especial que existe fuera del “universo real” ni nada parecido. Es más bien que la atemporalidad es lo Real. Es sólo debido a nuestro estado de confusión y de engaño, creado en su mayor parte por nuestra identificación con el cuerpo, que lo concebimos como algo objetivamente real, cuando de hecho es una construcción mental, algo que esencialmente hemos “inventado”.

Ramana también enseñaba que no es sólo el “tiempo” lo que hemos inventado. Hemos inventado todo, incluidos nuestros cuerpos ― el ordinario (físico o “despierto”), el sutil (energía elevada de alta frecuencia o “cuerpo de ensueño”) y el causal (la frecuencia más alta, o “sueño profundo”). Despertar completamente al verdadero Ser es “disolver” nuestra identificación con estos tres cuerpos; es decir, ser liberado en lo sin forma.

Who Am I

El método de la auto-indagación no es un proceso de investigación intelectual. Más bien implica mantener la atención en el “yo” con gran determinación y consistencia. Sin embargo, Ramana enseñaba un abordaje alternativo, el de la rendición a lo Divino (bhakti Yoga). Se podría decir que este enfoque es más apropiado para aquellos inclinados a lo emocional, o para aquellos que encuentran que el enfoque directo de la auto-indagación no es apropiado para ellos. Ramana enseñaba que los dos enfoques finalmente llevaban a lo mismo, la realización del verdadero Ser.

La enseñanza más elevada de Ramana era la transmisión silenciosa. La cuestión de que si un gurú puede o no “transmitir” sabiduría o realización ha sido largamente debatida, pero tal vez todo el asunto fue apropiadamente resumido cuando un joven U.G. krishnamurti (que no debe ser confundido con su más famoso tocayo J. Krishnamurti) visitó a Ramana en 1939 y le preguntó si él podía transmitir su sabiduría. “Puedo ―respondió Ramana―, pero, ¿puede usted recibirla?”. Es la respuesta perfecta porque aunque la sabiduría no puede ser “enviada” a otra persona como un correo, puede ser irradiada por la presencia de una persona. Es entonces simplemente una cuestión de si el buscador puede o no puede permitir a su sabiduría innata responder a esa irradiación, a esa presencia que está personificada manifiestamente en un maestro profundamente despierto.

Quizás, un perfecto ejemplo del estilo de enseñanza de Ramana fue cuando un buscador preguntó: “¿Cómo controlar la mente?”. A lo que Ramana respondió: “¿Qué es la mente? ¿De quién es la mente?”. Cuando el buscador replicó con: “No puedo controlar la mente”, Ramana respondió: “Divagar es la naturaleza de la mente. Tú no eres la mente… despreocúpate de la mente. Si se busca su fuente, se desvanecerá, dejando al Ser inafectado”. El buscador intentó desde otro ángulo y pregunto: “¿Entonces uno no necesita intentar controlar la mente?” Ramana, con la precisión de un láser, respondió: “No hay mente que controlar si realizas el Ser”.

También enseñaba que el mundo que normalmente percibimos surge sólo con la mente. Por ejemplo, todas las noches nos vamos a dormir. En el sueño profundo sin sueños, no hay (en nuestra experiencia) un cuerpo o un mundo. Es sólo cuando nos despertamos en la mañana y la mente retoma su actividad cuando el mundo que percibimos vuelve a la existencia para nosotros. Nuestra percepción de este mundo es una distracción tan grande que efectivamente nos bloquea de la conciencia del Ser. Penetrar la ilusión del falso ser ―el “yo” convencional (ego) que sustenta nuestra percepción del mundo― es despertar al Ser, y finalmente comprender que el mundo que experimentamos no está separado del Ser. Es decir, nada realmente existe excepto el Ser, o Consciencia pura.

Tal vez el lector atento note que estas enseñanzas suenan sospechosamente similares a algunos de los problemas abordados en el Capítulo 2 (Fundamentalismo Oriental), tales como la visión simplista (y fácilmente mal usada) que “sólo la Verdad (el Ser) es real”, o dicho de otra manera, “ya estás iluminado”. Pero la diferencia crucial con un maestro del calibre de Ramana es que él mismo ha alcanzado este estado realmente, y entonces lo que dice no es doctrina o dogma vacíos. Él mismo es una escritura viviente, y habla sólo desde su experiencia directa. De manera que estar con Ramana era experimentar darshan en el significado más verdadero de la palabra ―”estar en la luz del maestro”― lo que para el buscador, es lo mismo que una planta que se nutre con los rayos del sol. Ramana no estaba simplemente transmitiendo verdades doctrinales; él era la verdad doctrinal.

Lo mismo se aplicaba a las enseñanzas de Ramana con respecto al libre albedrío. Le preguntaron una vez si una persona tenía libre albedrío, él señaló que la pregunta sólo era relevante para alguien que todavía piensa que es una persona separada. Desde el punto de vista de la verdad absoluta, no hay persona separada, y por lo tanto, preguntas acerca de si la “persona” tiene o no tiene libre albedrío es abandonada automáticamente.

Toda esa idea, si la enseñase alguien que no se ha dado cuenta que la separada y discreta ego-identidad es en última instancia irreal, sería simplemente un dogma, y si es tomada por alguien que no ha realizado su naturaleza más elevada, puede ser fácilmente corrompida con excusas para no ser responsable, etc. (“El libre albedrío es una ilusión, así que ¿por qué molestarse en hacer algo?”). De nuevo, el asunto depende de quién esté enseñando. Ramana podía enseñar tales principios de la verdad última de manera efectiva porque él mismo era la respuesta viviente.

Ramana enseño incansablemente hasta finales de sus sesenta años, hasta que su salud comenzó a fallarle debido a un cáncer que apareció en uno de sus brazos. A pesar de varias operaciones, el cáncer continuó reapareciendo. Los doctores le aconsejaron que el brazo debía ser amputado, pero Ramana se negó. Falleció como había vivido ―con gran serenidad, y rodeado por cientos de discípulos profundamente devotos― el 14 de abril de 1950, a los setenta años.

HWL Poonja                                                               H.W.L. Poonja (Papaji)

Su legado perdura, y como con muchos grandes sabios se ha vuelto más penetrante con el tiempo. A principios de los noventa en particular, la vida y enseñanzas de Ramana, ya respetadas mundialmente por los buscadores sinceros, creció en fama, especialmente en Europa y Norteamérica. Esto fue en gran medida debido al trabajo de H.W.L. Poonja (1910-1997), un maestro Advaitín que vivía en Lucknow (al norte de la India), quien había pasado varios años con Ramana a finales de los cuarenta y experimentó un profundo despertar en la presencia del sabio. Poonja posteriormente vivió y enseño en la intimidad a un pequeño círculo de estudiantes hasta que el buscador Americano Andrew Cohen lo descubrió a mediados de los ochenta. Aunque Cohen después se alejó de Poonja, había promovido enérgicamente el nombre de Poonja en Occidente. Cientos de buscadores entonces visitaron a Poonja y posteriormente cientos más conocieron al gurú de Poonja, Ramana, a través del trabajo de toda una nueva generación de maestros de satsang occidentales avalados por Poonja y a un gran número de libros publicados acerca de Ramana, Poonja y el Advaita. Muchos pensadores líderes en el campo de la transformación humana consideran al Advaita como una gran luz potencial que guía hacia un futuro más despierto en general, en gran parte por la notable simplicidad del Advaita y la universalidad de sus principios ― y en no menor medida por el ejemplo impecable dado por su más grande exponente moderno, el sabio de Arunachala.

Dicho esto, sería un descuido no señalar que el mismo Ramana nunca declaró ser un gurú y nunca dijo ser parte de, ni mucho menos haber comenzado ningún “linaje”. El hecho de que muchos maestros modernos de satsang (la mayoría estudiantes de Poonja) hayan dicho que Ramana era parte de su linaje debe ser visto como algo de ellos, y que no refleja nada que haya iniciado Ramana. A diferencia de Jesús, Ramana no salía a buscar discípulos para hacerlos “pescadores de hombres” ― él simplemente se sentaba y la gente eventualmente se reunía alrededor de él. Toda su vida y su trabajo permanecieron como un testamento absoluto de una exquisita soledad que sin embargo estaba abierta a otros ― muy parecido a su amada montaña.

Fuente: Advaita Info

Deja un comentario. Opina o debate aportando tus argumentos, de forma constructiva y cordialmente, desde el respeto hacia los demás y sus opiniones. Observa la ortografía, y no escribas en mayúsculas. Los comentarios están moderados. Gracias por participar.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: