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Gurdjieff y el Hombre-Máquina: ¿hasta qué punto funcionamos como autómatas?

18 julio 2015
Gurdjieff y el hombre-máquina
Gurdjieff fue uno de los místicos más relevantes del siglo XX.

Gurdjieff y el hombre-máquina

George Ivanovich Gurdjieff (1877-1949) fue un escritor y místico ruso de origen greco-armenio que ejerció una considerable influencia sobre muchos intelectuales, filósofos o esoteristas del siglo XX, especialmente en su discípulo Piotr Ouspensky. Aunque es muy difícil encasillarlo en una corriente de pensamiento concreta o en un tipo de creencia o escuela esotérica, podríamos decir que Gurdjieff trató de conjugar de forma ecléctica la tradición oriental con la modernidad occidental, aun a sabiendas que tal conjunción era muy problemática por diversas razones, tal como destacaron otros brillantes pensadores como el francés René Guénon.

Gurdjieff visitó varios países orientales durante su juventud y se inició en varias doctrinas esotéricas o espirituales que luego traspasó al entorno occidental, adquiriendo de algún modo la categoría de maestro o “gurú”, labor que desempeñó principalmente en Rusia (donde fundó una especie de escuela llamada Instituto para el Desarrollo Armónico del Hombre) y luego en Estados Unidos y Francia. En esta tarea no ejerció de asceta o místico tradicional, sino que se mostró como un hombre muy vitalista que bajaba al plano más práctico para la transmisión de sus enseñanzas, que incluían no sólo trabajo psíquico o espiritual sino también una gran dosis de ejercicio y sacrificio físico.

Escribió varios libros y dejó otros inconclusos, y también fue compositor de música y de danzas. Su doctrina más conocida es el llamado “cuarto camino”, un acceso a la verdadera esencia del hombre, diferente a los otros tres caminos que él mismo definió, que son el del faquir, el del monje y el del yogui. Precisamente, siguiendo su modelo heterodoxo, Gurdjieff apostaba en esta cuarta vía por un tipo de desarrollo personal que no exigía el control o el abandono del mundo terrenal sino una forma diferente de vivirlo.

De toda su obra, vale la pena destacar su visión holística del ser humano, sobre todo en lo concerniente a la dicotomía entre el hombre autoconsciente o despierto y el llamado “hombre-máquina” o dormido, un tema crucial en los tiempos actuales en que cada vez más personas dicen estar asistiendo a un despertar global de la conciencia.

A grandes rasgos podríamos afirmar que, dejando a un lado toda finalidad de tipo religioso, espiritual o incluso esotérico, Gurdjieff se proponía mostrar a los hombres cómo eran realmente en su interior profundo; dicho de otro modo, proponía una búsqueda o un redescubrimiento de un yo esencial que estaba del todo sepultado por el yo físico, mental y emocional.

Hombre maquina

Para Gurdjieff, el hombre normal, esto es, la enorme mayoría de la humanidad, vive dormido en un estado maquinario, y lo peor de todo es que se identifica completamente con tal máquina. Este hombre-máquina no se conoce a sí mismo (aunque afirme con seguridad que es así) porque es incapaz de reconocer que su supuesta identidad es en realidad una falsedad, un artificio que le controla a él. Sobre esto, Gurdjieff dijo concretamente: “El hombre nace, vive, muere, construye casas, escribe libros, no como él quiere hacerlo, sino como buenamente sucede. Todo sucede. El hombre no ama, no odia, no desea. Todo esto sucede en el hombre sin que el hombre se dé cuenta de ello.” Este hombre cree en su independencia, pero en el fondo es como un objeto impulsado y dominado por sus pensamientos, emociones, estados de ánimo, hábitos, reacciones, miedos, creencias, conceptos, etc. En otras palabras, toda su personalidad, con la que se identifica, es una especie de patrón adquirido que le empuja a actuar maquinalmente.

En esta cuestión, Gurdjieff sostenía que el ser humano tiene dos caras bien distintas que se excluyen o limitan de manera recíproca. Por un lado, está la personalidad, que se va formando desde la infancia por la influencia de  factores externos como el ambiente, la educación recibida, y las circunstancias personales. Todo ello es adquirido y falso. Por otro lado está la esencia, el yo auténtico del ser humano. Lo que suele suceder es que con el tiempo la personalidad se va consolidando y va doblegando a la esencia hasta llevarla a su mínima expresión, y así el humano normal pierde la noción de su auténtico ser. Sin embargo se da la paradoja de que, mientras que muchas personas con una gran dosis de personalidad (que crece con el conocimiento y la cultura) son incapaces de ir más allá de su mente, las que tiene más esencia son incapaces de despertar porque les falta el conocimiento y la curiosidad de trabajar en sí mismas. Gurdjieff concluía que, dadas estas circunstancias, suelen ser las personas inquietas, tan sólo unas pocas, las que acaban despertando de su personalidad (o sea, deshaciéndose de ella) para ir al encuentro de su esencia.

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Según Gurdjieff, la mente del hombre-máquina está agitada y no puede organizar su vida interior. De hecho, el hombre normal está constantemente expuesto al confuso marasmo de pensamientos, sentimientos, prejuicios y principios de su mente que le hace ver el mundo a través de esos filtros y no como es “en realidad”. Y aunque no quiera reconocerlo, es un esclavo que es incapaz de ver las cadenas de su esclavitud. Cree que él tiene el control y el autodominio, pero tal control es ficticio porque, en su afán por conquistar una independencia exterior, no se da cuenta de que primero ha de alcanzar la libertad interior.

El hombre-máquina no es consciente de nada de esto y sigue haciendo y viviendo su vida de forma mecánica. No tiene control sobre sí mismo y está expuesto a las constantes influencias del exterior que le arrastran de un lado a otro. Simplemente, mira hacia fuera y se deja llevar por lo superficial y aparente. Todo son estímulos ajenos y reacciones repetidas que le impiden un auténtico autocontrol de su ser. No tiene un yo definido o permanente, sino muchas facetas cambiantes y caóticas que son fruto de los factores exteriores, y así su vida se convierte en una serie de atracciones y repulsiones. En suma, todo el bagaje de una persona no es propiamente suyo, sino de los demás. En última instancia, se puede decir que el hombre normal no se conoce a sí mismo y además carece de unidad.

Para superar el estado de hombre-máquina, Gurdjieff aportaba como solución un proceso de autoobservación y un esfuerzo continuo de trabajo interior, cuyo objetivo último no era perfeccionar la máquina, sino destruirla por completo, con la voluntad de empezar a construir el auténtico yo desde cero. Para Gurdjieff, este proceso exigía una especie de desdoblamiento personal entre observador y observado. Así, el ser humano debe observarse a sí mismo con la máxima atención en todas sus manifestaciones y luego esforzarse en la superación de hábitos y comportamientos mecánicos. Esta tarea es ardua y penosa y puede llevar mucho tiempo, pero poco a poco el individuo va tomando conciencia de los mecanismos que impulsan su automatismo y va dejando atrás el concepto de “identificación”, que es uno de los mayores obstáculos para la transformación. Una vez realizado este trabajo interior, el hombre podrá acceder a un tercer estado de conciencia (los dos que conoce son el de vigilia y el de sueño): el de la autoconciencia, cuando el ser humano reconoce tanto a su máquina como a su propio yo.

Para concluir esta visión del hombre-máquina, podríamos resumir el mensaje de Gurdjieff en un concepto parecido al de percepción de la realidad/irrealidad en la famosa alegoría de la caverna de Platón. El hombre sólo ve las sombras y cree firmemente que ese es su mundo; no se da cuenta de que su auténtica realidad es otra bien distinta, pero para encontrarla ha de romper sus cadenas y salir de la caverna para ver la luz.

El propio Gurdjieff dijo que “sin el conocimiento libre, sin comprender el trabajo y las funciones de la máquina, el hombre no puede ser libre, no puede gobernar a sí mismo y siempre va a seguir siendo un esclavo.” Y a modo de comparación afirmaba que para que un preso tuviese posibilidades de poder fugarse, tenía que comenzar por darse cuenta de que estaba preso. Mientras no entendiese eso, mientras no lo advirtiese, mientras pensase o creyese ser libre, no tendría la menor posibilidad.

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Finalmente, remarcaba que “el hombre debe de ser el amo de sí mismo. Si el hombre no consigue ser el amo de sí mismo, no tiene nada y nunca podrá tener nada. El despertar solamente es posible para quienes lo buscan y lo desean, para quienes están dispuestos a luchar consigo mismos, y a trabajar sobre sí mismos durante mucho tiempo, y muy persistentemente, a fin de conseguir ese despertar.”

Y a modo de reflexión final, y a la vista de que Gurdjieff plantea que el hombre normal no es auténtico, sino que es presa de una mente que no es suya, nos queda dilucidar de dónde sale esa mente posesiva y mecanicista. En efecto, se nos dice que la mente no es de la propia persona, sino de los otros. Pero, ¿qué otros? Parece un absurdo considerar la existencia de una mente que es de todos y que la vez no es de nadie en particular. ¿Un inconsciente colectivo, quizás?

No obstante, las palabras de Gurdjieff podrían apuntar a unas conexiones insospechadas, pues en las últimas décadas, y a través de varios autores, se ha ido reforzando la idea de que nuestra mente es de algún modo algo ajeno o extraño, un enemigo, una falsa identificación, o un freno para nuestro espíritu. A este respecto, me vino directamente a la memoria un fragmento del libro “El lado activo del infinito” de Carlos Castañeda, que en sus diálogos con el chamán Don Juan topa con una desagradable sorpresa al hablar de la mente humana. Acabo este escrito con unas citas de este fragmento y dejo a criterio del lector el juicio sobre lo mucho que se parecen las visiones de Gurdjieff y Castañeda sobre el llamado hombre-máquina.

“Descubrieron que tenemos un compañero de por vida -dijo de la manera más clara que pudo-. Tenemos un predador que vino desde las profundidades del cosmos y tomó control sobre nuestras vidas. Los seres humanos son sus prisioneros. El predador es nuestro amo y señor. Nos ha vuelto dóciles, indefensos. Si queremos protestar, suprime nuestras protestas. Si queremos actuar independientemente, nos ordena que no lo hagamos.”

“Tomaron posesión porque para ellos somos comida, y nos exprimen sin compasión porque somos su sustento. Así como nosotros criamos gallinas en gallineros, así también ellos nos crían en humaneros. Por lo tanto, siempre tienen comida a su alcance.”

“Quiero apelar a tu mente analítica -dijo don Juan-. Piensa por un momento, y dime cómo explicarías la contradicción entre la inteligencia del hombre-ingeniero y la estupidez de sus sistemas de creencias, o la estupidez de su comportamiento contradictorio. Los chamanes creen que los predadores nos han dado nuestros sistemas de creencias, nuestras ideas acerca del bien y el mal, nuestras costumbres sociales. Ellos son los que establecieron nuestras esperanzas y expectativas, nuestros sueños de triunfo y fracaso. Nos otorgaron la codicia, la mezquindad y la cobardía. Es el predador el que nos hace complacientes, rutinarios y egomaniáticos.”

“Para mantenernos obedientes y dóciles y débiles, los predadores se involucraron en una maniobra estupenda (estupenda, por supuesto, desde el punto de vista de un estratega). Una maniobra horrible desde el punto de vista de quien la sufre. ¡Nos dieron su mente! ¿Me escuchas? Los predadores nos dieron su mente, que se vuelve nuestra mente. La mente del predador es barroca, contradictoria, mórbida, llena de miedo a ser descubierta en cualquier momento.”

© Xavier Bartlett 2015 –  Licenciado en Prehistoria e Hª Antigua por la Universidad de Barcelona

Autor del libro “La Historia Imperfecta”, una introducción a la historia alternativa, de Ediciones Obelisco.

IMPERFECTA

Licenciado en Historia, aunque su carrera profesional se ha centrado en el campo de la educación y formación. Actualmente forma parte del equipo Dogmacero, cuya finalidad es difundir una visión alternativa de la sociedad, la ciencia y la historia.

Fuente: lacajadepandora.eu

Reedición, título post: Freeman

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