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COVID-19. Tiempo de decantación global. ¿Nos CORONAmos en esta prueba, viviendo desde el CORazón, en CORresponsabilidad, COnsciencia y COnfianza? Creerlo es crearlo

20 marzo 2020

Implicaciones y correspondencias insospechadas pueden hallarse tras la crisis del coronavirus.

Quién porta la corona hoy en tu vida, ¿el coronavirus o tu corazón?

Tiempo de decantación individual y global, acerca de nuestro paradigma de vida

Freeman. De manera súbita, sucede ahora algo sobrecogedor, asombroso; algo inaudito, en lo que tod@s estamos de acuerdo, más allá de las culturas, ideologías y países. El hecho es que, de manera inapelable, nos encontramos actualmente ante un reto, prueba o desafío a escala planetaria, afectando ya a todos los órdenes de la vida. Uno que hay que superar lo más pronto y de la mejor manera posible. Y bien, ¿qué actitud tomaremos al respecto? De ello va a depender el curso de los acontecimientos en las próximas semanas, meses, años y décadas por venir.

Quien se entrega al temor y al desánimo -que son del todo comprensibles en acontecimientos como este-, se derrota a sí mismo antes si quiera de contemplar ninguna vía de solución a cualquier problema dado. Esta persona, en realidad, no hará nada, pues ya ha bajado los brazos, aceptando su propia profecía autocumplida. En cambio, quien pasa del inicial rechazo o negación, quien no se queda en la ciénaga del grito, en la queja, el lamento y la culpabilización, puede empezar a moverse en el terreno de las posibles soluciones. Lo mismo puede predicarse, sin duda, de las sociedades. Y de toda la Humanidad, como especie integrada en un planeta y en una naturaleza de la cual se creyó separado y aparte, dando lugar a un estado de disociación patológica. Un estado ofuscado -enajenado, inconsciente- en el que los seres humanos se han conducido de un modo irresponsable, violento y depredador, unos con otros y con el entorno natural. Pues con la asunción de la supuesta separación viene la sensación de carencia, precariedad y, entonces, el miedo, la competencia, la violencia y, en fin, todas las manifestaciones desequilibradas y destructivas de la sociedad que llamamos “civilizada”.

De esto, entiendo, va en el fondo la crisis del coronavirus. Hay muchas capas en los acontecimientos y la sanitaria no es ni mucho menos la única, aunque sí la más evidente y perentoria ahora mismo. Es oportuno también notar que una crisis, vivida de un modo u otro, puede hundir a un sistema (orgánico o social) o llevarlo a una transformación o reinvención que, a la postre, permite a los seres pasar página y comenzar de nuevo, desde una posición más saludable y sabia.  De hecho, las más intensas experiencias individuales y colectivas son catalizadores para grandes cambios, aportando esclarecimientos, comprensiones y, en suma, consciencia del mayor nivel.

Podemos entonces ver esta situación como una calamidad, aumentando así el temor, la confusión y el sufrimiento; o bien podemos afrontarla como una oportunidad -no deseada, pero oportunidad al fin y al cabo-, para salir de esta más sabios, capaces y reforzados. La pelota -eso seguro- está en nuestro tejado. Y, en otro sentido, estamos además dentro de esa pelota (el planeta).

Patalear en la ciénaga o llegar a tierra firme

Ahora bien, muchas personas dedican mucho tiempo a encontrar y señalar al “malo” de esta película, a los causantes de tamaño desaguisado, para poder levantar el dedo acusador y sentir ese cierto alivio que da el “cargarle el muerto a otro”, respecto a cómo nos sentimos y a las cosas que nos suceden en la vida. Esto es muy humano, perfectamente comprensible. Pero no está en el terreno de las soluciones, sino en la ciénaga de las imprecaciones e increpaciones (hoy aprendéis nuevas palabras, chic@s), como sugería en el segundo párrafo.

Preguntar por el origen es, empero, no solo legítimo, sino también completamente instructivo a muchos niveles. Quien anhela conocer (o, más bien, acercarse a) la verdad de un hecho dado, por amor a la verdad (y descarte del engaño de vivir una vida basada en las mentiras creadas por otros), es alguien que desarrollará su intuición y su intelecto a partes iguales. Alguien que será cada vez menos voluble a la manipulación y más capaz de discernir y optar por los senderos que sienta más convenientes y saludables.

Pero ante una situación como la que ahora estamos viviendo, no parece eficaz ni sensato emplear nuestro precioso tiempo en especulaciones o teorías (aún cuando estén bien fundadas), sino que es preciso hacer composición de lugar y desde la serenidad que sea posible (no desde el miedo, que nubla la razón y la intuición), centrarse en resolver esto a la mayor brevedad, pues hay muchas vidas en juego, no solo por el coronavirus, sino también por las repercusiones socioeconómicas de todo tipo que vengan después.

En cualquier caso, aunque la pregunta por el origen es del todo legítima, ¿quién podría responderla? Siempre sería una respuesta parcial, muy parcial y sesgada, puesto que la visión del panorama completo -en mi sentir- nadie la tiene (incluyendo, por supuesto, a quien esto escribe); es decir, nadie está en posesión de la verdad absoluta acerca de nada. Lo cual, junto con el discernimiento, el criterio propio y la consciencia que cada cual ha de desarrollar y aplicar por sí mismo, está en la médula de la línea editorial de Liberación AHORA desde el principio.

Hay, entonces, muchas capas de información, de hechos, de perspectiva, en cada evento dado. Muchas veces parecen contraponerse. No obstante, las apariencias engañan, cada parte hace su papel y luego te acabas dando cuenta de que la realidad supera con creces a la ficción; y eso que en Hollywood siempre se han esforzado por dar pistas e informaciones muy claritas, entre cuento y cuento. Pero hasta quienes mueven los hilos en la oscura y oculta parte de atrás del escenario, forman parte también del escenario y cumplen igualmente su papel. Pues en este tipo de proyección holográfica o película tridimensional, hasta los espectadores están actuando conforme a sus roles, lo sepan o no. El literato Calderón de la Barca escribió su famosa obra “La Vida es Sueño”. Por su parte, Luis Eduardo Aute, siglos después adaptaba la misma noción cantando “Cine, cine, cine. Más cine por favor. Que todo en la vida es cine. Y los sueños, cine son”.

Si continúas leyendo, hasta el final, con la mente y el corazón abiertos (pero no crédulos ni tampoco descreídos), puede ser que empieces a sentir y tener vislumbres de lo que trato de transmitir.

Nada nuevo bajo el sol

Dicho esto, comparto a grandes rasgos cómo veo yo esta situación del coronavirus. En 2009, cuando la pandemia de la gripe A, Liberación AHORA surgió aportando información alternativa (a los mass media), con ese evento como uno de los principales temas durante semanas. Pues, ciertamente, aquel evento fue la espoleta para el nacimiento de este blog. Desde entonces, se hizo clara y bien documentada la existencia de lo que se denomina ingeniería social, con estrategias como las “banderas falsas” o “problema-reacción-solución”, puestas al servicio de agendas de control y explotación social a todos los niveles, a través de la instrumentalización de eventos catastróficos, algunos de ellos a primera vista “accidentales” o “fortuitos”, de esos de “ahora voy yo y me lo creo”.

Bien, todo eso está ahí, desde siempre, historicamente. No descubrimos nada nuevo (incluyendo la existencia y actividad de los laboratorios para la creación de armas de guerra biológica, por parte de grandes potencias). Pero, desde las últimas décadas, sí que se ha aportado mucha evidencia, mucha información (más o menos objetiva y veraz) al respecto. Como digo, hoy eso está asumido y es de dominio público, al menos para un sector de la población más consciente, que ha desarrollado su discernimiento y su propio criterio a través de la indagación, la investigación y el contraste de la información entre diversas fuentes.

Entonces, esa sería una de las capas, menos visibles, de este asunto. Pero -siento, intuyo y sé- hay más (que son todavía más profundas); y ahora, entiendo, siento, estamos en otra etapa. Al menos para mí y otras muchas personas. Siento que estamos en el momento de centrarnos en las soluciones, en la acción y -sobre todo- en el ser conscientes, constructivos, serenos. En mi sentir, esto es fundamental y, por tanto, prioritario en estos momentos y en los tiempos venideros que, vistos desde esta perspectiva, son tiempos de oportunidad, de maduración, de empoderamiento, de crecimiento y de resolución como nunca antes, tanto para cada uno individualmente como para las sociedades en su conjunto, la humanidad y el planeta, por supuesto.

Cortando las ataduras culturales y conceptuales

Porque aquí está la cuestión: pertenecemos como especie a un sistema vivo, somos parte de la naturaleza y la naturaleza misma, expresada o manifiesta en forma humana y en todo lo que existe. El uso de analogías puede ayudarnos a captar bien este punto. Así como los árboles y plantas brotan de la Tierra, así mismo nuestros cuerpos son brotes de este planeta, de la naturaleza, de la vida. Toda noción de separación entre nosotros y todo lo que nos rodea, es solo eso, un concepto, que carece de cualquier fundamento o base en la realidad.

Pero nuestra especie, olvidada de la unidad o inseparabilidad esencial de todo lo que existe, interpretó la realidad a través del prisma distorsionado de la separatividad o dualismo, usando el lenguaje para crear conceptos, siempre relativos, subjetivos, parciales, sesgados. La Humanidad se dividió así virtualmente en muchas culturas y lenguas, poniendo cada una un nombre diferente a cada forma, fenómeno o dinámica que percibía en su entorno, ignorando que los conceptos que usaban para dicho “etiquetado” eran meras abstracciones intelectuales por las cuales se asumía distinción y separacion entre las incontables facetas de la totalidad perceptible, atribuyéndolas existencia propia, naturaleza intrínseca o realidad independiente. (Si esta parte del artículo te resulta densa o compleja, simplemente salta a la siguiente)

Era -aún es- como si a cada ola del océano le hubieran puesto un nombre diferente, creyendo que dichas olas poseían realidad propia, aparte de todas las demás y del agua oceánica misma. Supusieron de ese modo innumerables realidades separadas, distintas, todas aparte unas de otras; cuando lo único que hay ahí y siempre hubo es solo el agua oceánica, manifiesta en todas esas formas transitorias y cambiantes: ondulaciones, olas, remolinos, espuma, pompas…

Sumida en el sueño (pesado) de la separación, presa en un estado conciencial de sentirse carentes e incompletos (prisión cuyos barrotes no son más que pensamientos limitantes aceptados como verdades), la Humanidad -irreflexivamente- se creyó los conceptos, juicios, palabras, definiciones y distinciones, como si fueran reales en sí mismas; en vez de utilizar el lenguaje solo como útil herramienta para comunicarse e interactuar unos con otros de un modo eficaz. Por contra, al elevar los conceptos a la categoría de dogmas, creyendo en ellos como siendo realidades absolutas, convirtieron dicha herramienta en un agente de confusión y enajenación. Y el mundo se tornó en Babel, con su enloquecida y arrogante torre, producto de la asumida escisión (virtual) del ser humano con respecto a la naturaleza, la vida, el ser.

Los seres humanos, programados en sus conciencias desde la infancia, han ignorado duante milenios que las distinciones son solo aparentes, ya que olvidaron la común, íntima y propia esencia de la cual todo lo percibido es mera apariencia. Sin embargo, el hecho de que yo bautizase a mi dedo pulgar y comenzase a llamarle “Pedrito”, no lo convertiría en algo separado del resto de la mano o aparte de los demás dedos, de la palma, de la muñeca y, en fin, del resto del cuerpo. Pero la Humanidad ha inventado muchos pedritos, juanitos, jaimitos; demasiadas fulanitas, menganitas y zutanitas… confundiendo así lo aparente con lo real. De este modo las personas se adhieren, identifican y apegan a los conceptos e ideas, considerándolas verdades absolutas, las cuales defienden a ultranza y por las cuales sufren y hacen sufrir, llegando muchas veces a ser capaces -en sus propios términos-  de “matar o morir” por ellas.

Veamos un poco más con respecto al lenguaje y sus profundas implicaciones. Al igual que un mapa no es el territorio representado en él, la palabra no es la cosa en sí; los conceptos no son aquello a lo cual se refieren, pues con ellos se pretende delimitar o acotar algo que no puede ser delimitado ni acotado, ya que toda forma, faceta o aspecto de la apariencia de la totalidad, como hemos visto, es inseparable de todas las demás.

Los conceptos, entonces, vienen a ser solo meros indicadores o señaladores de aquello (realmente inseparable de todo lo demás) a lo que se refieren. El concepto “luna”, por ejemplo, no es realmente esa forma esférica de apariencia blanca que vemos en el firmamento en una noche despejada. Suponer lo contrario sería como señalar a la luna y decir que el dedo que señala es la luna. Pero, más allá de eso, si solo existe la totalidad o realidad indiferenciada, manifiesta en todo lo perceptible, entonces cualquier forma o fenómeno particular considerado como real, así como el correspondiente concepto -indicador- que lo evoca, son ambos ilusorios.

Vemos así, una vez más, que con cualquier concepto se ha pretendido y asumido la separación y distinción de un aspecto o faceta de la totalidad que en realidad es inseparable de todos los demás. Por otro lado, nadie vio jamás a ningún ser o cosa que naciese o surgiese en la naturaleza con un letrero incrustado que dijera su nombre…

Tenemos que comprender que nuestro lenguaje (analítico-discursivo, polar, limitado) no puede aprehender lo real, no puede captar o atrapar la totalidad. Hemos de poner al lenguaje (y lo que llamamos mente) en su sitio, como herramienta que es para la interacción y los asuntos prácticos de la vida. Ni más ni menos.

Asumiendo nuestra naturaleza y lugar en la vida

Somos parte de la vida y la vida misma, como la hoja y el árbol; como la célula y el organismo; como la ola y el agua del océano. No hay separación. Solo hay la Realidad, lo que siempre es, independientemente de la miriada de formas en las que se manifiesta.

Esto implica HOY necesariamente tomar conciencia de nuestro papel en la vida y responsabilizarlos, es decir, ser conscientes de los efectos de las acciones y omisiones que suceden a través de nuestros cuerpos, de nuestras conciencias. Para obrar, así, en consecuencia. Con espontáneo respeto y fluyente naturalidad, viviendo y disfrutando las bendiciones de la vida con sentido común; sabiamente, esto es, desde el corazón, orientados al mayor bien común porque así lo sentimos; respetando, cuidando y favoreciendo la vida, en todas sus manifestaciónes, desde nuestra persona hasta el planeta entero, pasando por todas sus (nuestras) formas de vida. Pues la Vida es una.

Somos la Vida que, al igual que la energía (otro de sus nombres), ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Mas esa transformación puede ser más serena y armónica, menos sufriente para la Humanidad, de lo que ha venido siendo. Si ponemos mayor consciencia en la ecuación.

La alegoría del agua y la ola, para comprender tu esencia inalterable y tu forma humana cambiante

Las olas surgen y se desvanecen constantemente, todo es cambio en ellas mientras surcan la superficie -la apariencia- del océano. Pero ahí hay algo que nunca cambia ni es afectado por sus formas: el agua marina. Y es el océano entero quien, consciente de sí a través de la ola, sabe que su forma transitoria de ola no compromete en nada a su esencia, no altera en absoluto su permanencia e inmutabilidad como agua oceánica; y así, puede decir “estoy tranquilo, porque sé que Yo Soy”.

De manera análoga, quien recuerda su propio Sí -que es el íntimo Sí de todo y de todos- realiza su dicha en el distanciamiento (es decir, desapego) de lo aparente, al identificarse -ahora sí- con su auténtica naturaleza incondicionada, ilimitada, eterna. Ya no se identifica más con los cambiantes y fugaces fotogramas de esta película cósmica, sino con la luz indiferenciada que, en esencia, es siempre.

Y, lejos de que esto suponga una experiencia de levitante, insípido o hierático arrebatamiento, la vida comienza verdaderamente a experimentarse a plenitud, con entrega completa al presente (regalo) de cada instante, saboreando cada momento como si fuera el último, con espontánea autenticidad y profunda confianza. Se vive sin miedo, se sabe vivir resueltamente, porque se sabe morir en cualquier momento, al final de cualquier periodo, etapa o ciclo vital, incluyendo el corporal. Pues ya no hay temor a una muerte que ha sido desenmascarada, quedando como otro mito conceptual más.

De manera paradójica, sucede entonces que, al final de esta realización o recordación básica del propio Sí, el buscador -el sujeto separado que uno creía ser- desaparece, pues nunca existió realmente, siendo solo una idea o noción cuya naturaleza ilusoria ha sido expuesta a la luz de la consciencia, despareciendo así como la oscuridad al amanecer. Y es ahora el Ser quien -como el océano con la ola- se reconoce a Sí mismo a través de una forma humana.

Esta comprensión de nuestra identidad y naturaleza profundas es accesible a todas las personas que tengan su corazón y mente abiertos, capaces de sentir y entender esto, que es lo más básico: nuestro propio ser, el ser de todos y de todo. Una vez más, la vida es una, la naturaleza es una. Es lo más fácil de ver, de sentir, de entender; es lo más obvio y evidente (autoevidente); para tod@ aquel que no está confundido por los conceptos, costumbres y culturas, siempre subjetivos, relativos, arbitrarios.

Todo el mundo tiene la experiencia y evidencia directa de ser. Por otro lado, nadie nunca diría que las olas existen aparte del agua oceánica. Lo mismo comprendemos acerca de la vida y sus formas. Comprenderlo no requiere títulos, masters, linajes, viajes, retiros ni talismanes. Solo autenticidad, naturalidad, sentido común.

Así puede desenvolverse esa empatía natural, ese sentir de familia ampliada, hacia todo lo que existe; la fraternidad y la solidaridad, sentida “dentro” y expresada “afuera”, en hechos, en acciones conscientes, inspiradas, nacidas de la serenidad, de la comprensión y vivencia de nuestra identidad y naturaleza auténticas. Muy distintas de las acciones reactivas, nacidas del temor, de la confusión, de creerse separado de todo e incompleto, carente.

 

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Actitud, emociones y sistema inmunitario

Y con ello enlazamos con algo decisivo, absolutamente práctico en esta situación (y en todas). No solo es que la consciencia, la comprensión y la confianza permiten la serenidad y la acción consciente eficaz y resolutiva (siendo que la confusión y el desconocimiento conducen al miedo y al error). Es que está demostrado científicamente que esas actitudes tienen un impacto real -y muy diferente, según qué actitud- en nuestro sistema inmunitario. La serena confianza favorece, optimiza y mejora el funcionamiento del sistema inmunitario, fotaleciendo nuestras defensas, mientras que el miedo y la ansiedad habituales tienen el efecto inverso. También, actitudes como la queja, la culpabilización o la negación, más allá de un desahogo inicial, no ayudan a resolver nada, sino al contrario.

Invito entonces durante estas próximas semanas -y más allá- a practicar este enfoque más saludable que se centra en lo que ayuda, en lo que contribuye, en lo que aporta de veras, para superar y comenzar a resolver los presentes retos. Este enfoque consciente que aprecia lo que ya ahora funciona, lo que en este momento SÍ disponemos, que es mucho -aunque muchas veces sea en tiempos desafiantes como los actuales donde verdaderamente cobra la relevancia y la atención que merece.

“Quien tiene un martillo por cabeza, solo ve clavos”. La sabiduría popular, expresada en los refranes, puede ayudar a muchas personas a captar cómo en nuestra vida cotidiana funcionan leyes o principios que, como la vibración, apenas están comenzado a ser vislumbrados y estudiados por el conjunto de la Humanidad, a pesar de que la ciencia -una parte de ella- comenzó ya a penetrar de manera decidida (muchas veces tangencial) en sus misterios, bien pronto desde el siglo pasado, con personajes como Max Planck, Albert Einstein, David Bohm y otros que llegaron después. Pero, no es preciso estudiar física o matemáticas para sentir, para tener sentido común y saber leer en el libro de la naturaleza, que nos susurra sus secretos constantemente.

Solo tomemos conciencia: si mi atención es un foco, solo voy a percibir aquello en lo que centro el haz de luz de mi consciencia. Dicho de otra forma, sólo veré aquello que creo ver, debido a mi interpretación subjetiva, a través del filtro de mis creencias. Eso que creo ver es para mi la realidad (aunque sea solo una interpretación distorsionada por prejuicios); observaré aquello que tengo la expectativa de observar, ya sea de un modo consciente o inconsciente. Esto, explicado de otro modo, es como si cada uno fuéramos nuestra propia radio, que en vez de sintonizar programas radiofónicos, sintonizáramos experiencias completas (cada uno las nuestras) que involucran todos nuestros sentidos físicos. Y cuando un conjunto de conciencias comparte visiones afines, tenemos entonces experiencias colectivas, compartidas, como la que ahora vivimos…

Todo vibra en frecuencias, recibo según la señal que emito

“Si quieres entender los secretos del Universo, piensa en términos de energía, frecuencia y vibración”. (Nikola Tesla)

Ciertamente, todo vibra; y nuestros pensamientos y emociones no son ninguna excepción. Nuestra actitud o disposición habitual, producto de patrones de pensamiento y emociones repetidos una y otra vez, emite una señal y la vida, el océano vibratorio en el que navegamos, va a responder precisamente a esa frecuencia en la cual tenemos situado nuestro dial, es decir, nuestra actitud o disposición habitual. Si bien no nos sorprende nada que, en nuestra radio (de casa o del coche), estando el dial situado en AM no podamos escuchar nuestro programa musical favorito en la FM, ¿por qué entonces nos cuesta tanto entender que manteniendo siempre la misma actitud o disposición ante la vida (o respecto a cualquier tema) no obtendremos resultados diferentes?

En cambio, la vida nos ofrece de manera constante el reflejo fiel de lo que realmente sentimos y creemos, la representación tangible de lo que internamente esperamos, de lo que hemos estado rumiando o asumiendo (estemos o no conscientes de ello) durante el tiempo necesario hasta que se materializa. ¿De qué serviría golpear o escupir al espejo? “Ningún problema puede ser resuelto desde el mismo nivel de conciencia que lo creó”, apuntaba Einstein. Y no por nada afirmó también que “el mundo que hemos creado es un proceso de nuestro pensamiento. No se puede cambiar sin cambiar nuestra forma de pensar”.

Se comprende así que quien permanece en la queja, el lamento, la descalificación, la negación o la culpabilización, está abonado a vivir aquello que tan visceralmente rechaza y contra lo cual tan testarudamente presiona. Dos refranes populares, nuevamente, no podrían ser más claros sobre esto: “A perro flaco, todo son pulgas”. “Aquello a lo que resistes, persiste”.

Y en algún punto, uno ha de ver que el odio va envenenando -bastante literalmente- la sangre de quien lo siente y consiente, fiel a creencias que, por sus resultados en la salud, muestran con claridad no serle de ningún bien, sino al contrario. Cuando este u otros estados aflictivos se cronifican en el tiempo, alterando la química del organismo y menoscabando su equilibrio, la enfermedad o dolencia puede manifestarse en la parte más débil. ¿Cómo es que todavía hay “especialistas” y “expertos” que no incluyen las emociones y los pensamientos en la ecuación de la salud? Una vez más, somos un todo, no hay separación. Y un título universitario no sana una percepción distorsionada por el dualismo o separatividad. Quien se ignora a Sí mismo, quien desconoce su propia e íntima naturaleza esencial, ¿cómo podría pretender conocer siquiera alguna cosa?

Se va haciendo claro, para el indagador sincero, que la confrontación, el conflicto y el odio, lejos de resolver cualquier problema o controversia, la amplía, la complica y la retroalimenta. El fuego no puede apagar el fuego. Pero sí puedes apagarlo si, por ejemplo, dejas de aventarle tu odio (es decir, dejas de darle oxígeno). A la paz, si esta ha de ser auténtica, solo se llega por la paz. Y esto implica aceptar la vida tal como es ahora, incondicionalmente. Lo cual no excluye, en absoluto, de actuar en dirección a otras circunstancias o escenarios preferibles. Pero no puedes llegar ahí (lo que amas) desde allí (lo que detestas). No funciona así, recuerda lo de la radio y el dial.

Primero habrás de arreglártelas para ponerte en paz con lo que vives ahora y con quien eres ahora. Eso es un cambio de frecuencia, un cambio en la señal que emites, en cómo vibras. Entonces tu dial naturalmente se habrá movido en diección a frecuencias más reconfortantes y armónicas y, si te mantienes constante en tu sentirte bien -independientemente de las apariencias en tu entorno-, es natural que comiences a sintonizar con pensamientos y corazonadas favorables antes de lo que piensas; con impulsos a la acción (está vez consciente, inspirada, no reactiva), encontrándote sincronicamente (no, por cierto, “de casualidad”) con informaciones, personas y situaciones que actúan como agentes cooperadores que resuenan en tu misma frecuencia. Esos y no otros. Tu señal vibratoria los convocó, como lo hace siempre, ya sea que tu señal sea de “alta” o de “baja” frecuencia. Ya me entiendes. 🙂

Veamos un ejemplo del segundo tipo señal: una persona maltratadora y otra sumisa, representando roles opuestos, se atraen, se sintonizan mutuamente, aunque pueda parecer inverosímil. Hay una “química” sucediendo entre ellos. Se encuentran para dar lugar a -o interpretar- una historia vital determinada, cuyo fin último es el desvelamiento de una verdad estable, permamente y completa, más allá de las apariencias. Imagínalos como átomos que se unen: ambos portan cargas opuestas, es decir, mientras el maltratador representa un rol activo-agresivo, la víctima muestra uno pasivo-sumiso. Y los dos tienen en común una autoestima muy baja. Con estas premisas, siendo tan complementarios, no podían sino engancharse….

La atención, lo entendamos o no, es como la levadura que hace crecer y aumentar aquello en lo cual nos fijamos. Así, mi humilde sugerencia es bien sencilla: pon tu levadura en un pan que te guste; enfócate en lo que deseas y deja de alimentar lo que no quieres con preocupaciones, aprensiones, especulaciones, resentimientos y temores que, como hemos visto, no resolverán nada. En cambio, cuando aprecias o agradeces algo que funciona, algo que va bien o que te satisface, eso es “levadura puesta en buena masa”. Ah! Y tiene el efecto de expandirse a tus demás asuntos, mejorándolos.

¿Cómo es tu mirada, cómo te ves y ves al mundo que te rodea? Te interesará saber que nuestra forma de interpretar lo que nos sucede, tiene consecuencias en cómo vamos a vivirlo. Por eso, ante una misma situación o estímulo, dos o más personas pueden vivirlo de muy diversa manera, debido a su diferente manera de interpretarlo. ¿Podemos ver y comprender esto con todo nuestro ser ahora? La vida (y el coronavirus, que es parte de ella) nos insta, nos compele a ello. Esta vez de un modo ineludible.

El evento está aquí, la interpretación la pones tú

No es lo mismo ver la botella medio llena que medio vacía. Los efectos serán diferentes en el estado de ánimo, en la forma de proceder y en la salud. Mirar de una forma u otra es una decisión, ya sea que la tomemos deliberadamente (conscientes) o de forma inconsciente, en piloto automático. De cualquiera de las maneras, la química de las emociones, las hormonas y demás sustancias implicadas alcanzará a todas nuestras células, a todo nuestro organismo, predisponiéndolo para una mayor fortaleza o vigor, o lo contrario. ¿Podemos hoy entender ya, que nuestros pensamientos, sensaciones y emociones nunca estuvieron al margen de la ecuación de la salud? ¿Podemos comprender que somos un todo, un sistema, completamente interrelacionado, imbricado, desde lo micro hasta lo macro? ¿Podremos entonces respetar, apreciar, aceptar y amarnos incondicionalmente a nosotros mismos como al prójimo y a todo lo que existe, puesto que no hay nada aparte de la naturaleza que somos, de la vida que somos, del ser que somos?

Yo siento que sí podemos; lo que es más, siento que ya empezamos a hacerlo de una manera más generalizada y consciente ahora. No nos queda otra. Esa es también una constante histórica del ser humano. Siempre sale lo mejor de él cuando peor están las cosas. Ahora nos toca, de cualquier modo, poner todo esto -que es tan básico, por otro lado- en práctica. Aprovechemos la OPORTUNIDAD. Si así lo hacemos, desde el corazón, cada uno en su ámbito, sin duda nos habremos hecho el más grande favor como seres humanos y como especie. Y dejaremos de necesitar crisis o desastres para darnos cuenta de lo que realmente importa y de lo que realmente vale y es.

Honrar la vida en todas sus formas y vivir desde el corazón, en bendición y entrega, serena y gozosamente, se habrá vuelto entonces la normalidad, cuando durante milenios ha venido siendo la excepción. Pues al fin y al cabo, ser, amar, disfrutar, VIVIR (no sobrevivir o malvivir) es lo natural. Movamos ficha entonces como individuos y como colectivo, sabiamente, con coraje y confianza, desde el corazón. Podemos hacerlo, está en nuestra naturaleza. Somos perfectamente capaces, porque Somos. SENTIMOS. SABEMOS. SOMOS.

Claves profundas e internas, tras el COVID-19

Cuatro prácticas en esta fase

Para muchos países, son de obligado cumplimiento. Sociedades enteras se han visto abocadas a un confinamiento doméstico y diversas prácticas de seguridad e higiene, para proteger la salud. ¿Puede haber un sentido menos evidente por el cual la población mundial se ve a sí misma en esta tesitura? ¿Podemos entonces, ponernos en lo mejor y aprovechar lo que de positivo pueda traer esta situación? Veamos.

Cuarentena: tanto en el sentido inmediato como en el simbólico, el cuarenta representa la prueba, la travesía del desierto hasta llegar a la tierra prometida; la curación, que nunca es solo física sino también -y en primer lugar- del alma. Cuán cualificada es entonces la cuarentena de una semejante envergadura, que abarca individuos y colectivos, pueblos y continentes, billones de cuerpos y almas.

Manos limpias: una de las medidas fundamentales para evitar el contagio y permanecer sanos. También, una alegoría que apunta directamente a nuestra propia limpieza, honestidad, integridad, tanto hacia nosotros mismos como, por ende, respecto a los demás. Los conceptos de correcto e incorrecto pueden variar mucho de persona a persona y de cultura a cultura. En la mente podemos contarnos mil y una historias o pretextos, mas solo nuestro sentir en cualquier momento dado, nos habla claramente de si estamos o no en sintonía o armonía con la vida.

Distancia interpersonal: tomar distancia con el otro, para no contagiar ni ser contagiado; para no incomodar ni ser incomodado; para no invadir ni ser invadido (no solo por los virus); para no confundir ni ser confundido, ni confundirnos con el otro poniendo en él nuestro ideal, cifrando en él nuestra alegría o nuestra amargura en la vida. Tomar distancia, al fin, nos habla de respeto; respeto tanto a la integridad de la otra persona como a la mía propia. Una vez más -como en toda polaridad-, no puede haber lo uno sin lo otro, no puede haber un respeto parcial, de dobles raseros. O lo hay -y es integral, abarcándome a mi y a tod@s- o no lo hay. Si no me respeto, no podré respetar realmente al otro, pues no sé lo que es eso y solo lo estaré fingiendo. Si no tengo amor en mi, para mi, ¿qué amor voy a dar a los demás? No se puede dar lo que no se tiene.

Quedarse en casa: recogerse en el hogar, aquietar toda nuestra actividad exterior hasta dejarla en el mínimo, por nuestra propia salud y seguridad. Volver, del mismo modo, la mirada adentro, a nuestra esencia; sentirnos dentro, sin distracciones o escapes externos. Encontrarnos de nuevo a nosotros mismos, al margen de nuestras ocupaciones y máscaras habituales, con el tiempo y el espacio necesarios para vernos sin filtros, sin aquellas caretas, con una nitidez que permitirá ver y apreciar -en toda la profundidad del término- nuestras sombras y nuestras luces. Y en el silencio de nuestra observación, de nuestra meditación, podrá suscitarse la claridad, la toma e conciencia, la reflexión, la alquimia de las emociones, el replanteamiento de nuestros esquemas, la reprogramación de nuestras creencias, la afloración y liberación de lo que teníamos guardado, el develamiento o recuerdo de lo que es nuestra auténtica naturaleza y, entonces, la sanación. Ya no hay excusas para no comenzar de veras con ello. La vida, la naturaleza nos da (nos damos) ahora tiempo, aprovechémoslo; sin prisa, pero sin pausa. Recomencemos hoy, permitámonos ser -por hoy- nosotros mismos, vivir el instante a plenitud, como si fuera nuestro último día en el planeta, pues no sabemos qué sucederá mañana. Sé entonces tú mismo, vive sin miedo, disfrutando de ser plenamente quien eres.

Y tal vez, a cuenta de esa submicroscópica forma de vida vírica, podamos volver de nuevo a apreciar y valorar, como merecen, las cosas más grandes y esenciales de la vida. Un obstáculo puede ser incómodo e incluso hacernos tropezar, caer y lastimarnos. Mas, sin embargo, un obstáculo también nos permite movilizar nuestros recursos internos y reinventarnos para superalo. Para dejarlo atrás siendo más fuertes, hábiles, lúcidos y apreciativos.

Cuatro joyas de la Corona de la Armonía

Corazón: la persona de corazón despierto se siente a sí mismo y, por ello, a quienes le rodean; se siente y percibe sin autoengaños ni filtros opacos de creencias limitativas. Conectar de nuevo con nuestro centro es volver al corazón (re-cordarse), liberarlo de la maraña de conceptos y apegos que lo subyugaban. Cuando esto sucede, y suele hacerlo poquito a poco, uno va recuperando la autenticidad, la inocencia, la naturalidad y espontaneidad de la niñez, muy diferente del infantilismo que, en realidad, lucen quienes se creen a sí mismo adultos; seres grises y taciturnos -o grostescamente banales- cuya personalidad se fue adulterando a base de las creencias y hábitos de la confusión con los conceptos y las formas, producto de la ilusión de separación. Pero cuando se producen las grandes catarsis -como esta, mayúscula, que estamos viviendo TOD@S-, surgen también las circunstancias propicias para recordarse, para volver al corazón. “Lo esencial es invisible a los ojos. Solo se ve bien con el corazón”, le decía al Principito su mejor amigo, en ese increible despertador de conciencias que es “El Pricipito”, de Saint Exupery. Y cuando la mirada clara se hace posible, la consciencia más elevada brota, florece.

Consciencia: consciencia es siempre autoconsciencia, puesto que nada hay separado de la totalidad de la naturaleza, la vida, el cosmos. Cuando esta consciencia esencial despunta, es el universo mismo el que se asoma y ve a través de los ojos del cuerpo, de esta forma humana desde la cual percibimos. Entonces simplemente sentimos, experimentamos y, por tanto, sabemos acerca de la unicidad de todo lo que existe y de que nada ni nadie nos es ajeno. En ese estadio de la experiencia, la integridad ya no es más una decisión, sino nuestra espontánea y natural manera de desenvolvernos. De ahí nace asimismo una paz, un contento, una serenidad que no depende de las circunstancias o seres que nos rodean, que no está sujeta a lo que aquellos puedan decir o hacer. Podrá haber dolor, pues es parte de la vida, pero este deja gradualmente de convertirse en sufrimiento psicológico, pues la resistencia y la lucha remiten una vez que decimos SÍ a la vida tal como es, ahora mismo, tomándola como viene y fluyendo en ella por el camino que sentimos mejor, la vía de menor resistencia, como la que sigue el río cuando discurre por su cauce.

Confianza: puesto que aceptamos y apreciamos de forma incondicional la Vida que somos, nuestra autoestima y autovaloración -desde nuestro cuerpo y personalidad humanas- es saludablemente robusta, sana, consistente. Esta confianza que nace del reconocimiento de nuestra propia naturaleza profunda, total, ilimitada, actúa como infalible repelente de los estados de ansiedad, tristeza o ira; pues todos ellos, toda emoción aflictiva, es el subproducto de la asunción de creencias limitativas, basadas precisamente en la noción de separatividad y carencia, en la ignorancia de nuestra naturaleza incondicionada. Así como ninguna de las transitorias olas supone aumento o detrimento alguno en relación al agua oceánica (que es la única constante ahí, siendo la ola mera apariencia del océano), cuando sentimos y comprendemos nuestro Ser sabemos que ninguna de las (nuestras) formas, facetas o manifestaciones puede añadir ni quitar nada a lo que realmente somos. Solo quien se ignora a Sí mismo, se confunde con los nombres y las formas, adherido a las ideas y apegado a las aparentes cosas y seres separados (que a veces persigue o de las que otras veces escapa); y viene a ser como un madero, arrastrado de aquí para allá por el bravo oleaje de las pasiones. Sin embargo, para quien siente-sabe que siempre ES, para quien ve al propio ser en todo y todo en el ser, ya no hay “otros”, ya no hay “amenazas”, porque ha comprendido que nada hay aparte de lo que realmente es, de su-nuestro Ser. Vive así sereno, confiado, realizando en lo físico el papel que le es natural en este escenario universal. Sin miedo, además, de dejar en un momento dado el “hielo” de su materia física, para volver como esencia de “vapor de agua” a ese estado de donde ya sabe y siente que vino. Tal es la Confianza incondicional.

Corresponsabilidad: y de la confianza incondicional, del saberse completo, digno y merecedor de todas las bendiciones que la vida ofrece, por saberse esa misma vida, manifiesta en forma humana -y en todas las formas, estados, planos y dimensiones-, nace un Amor igualmente incondicional, que no tiene límite, ni comienzo ni fin, ni espacio ni tiempo. Un Amor que lo abarca todo y que no pide nada a cambio, porque se siente AHORA completo, LIBRE, satisfecho, siempre bien provisto para cada instante. Todos los seres son vistos entonces como familia, cada uno en su hábitat, cada especie en su medio ambiente y todos en armonía, corresponsables unos con otros en el proceso total de la vida. Y así, en un organismo que vive en armonía con todo lo que es; en un ser en cuyo corazón no hay división, lucha ni conflicto, ningún patógeno ni enfermedad puede prosperar, porque no encuentra terreno ni caldo de cultivo propicio al que aferrarse. La salud y el bienestar es lo natural para quien se ha hallado uno con la naturaleza. Quien ha aceptado los cambios, “los nacimientos y las muertes” de todo tipo, como naturales en la vida, vive sin miedo, siendo quien es y disfrutando de serlo (tal es la serenidad), durante el tiempo que tenga que experimentar en esta o en cualquier forma física o no física, en este o en cualquier otro plano de manifestación. “Lo que es no puede dejar de ser”, nos dice la sabiduría perenne y la lógica más impepinable. Así, la Vida no puede morir, solo cambiar de estado. Vivamos en confianza. Ponte cómodo, estás siempre en Ti mismo. Y ERES-SOMOS…

Gracias por ser partícipe de un proceso planetario de ampliación de consciencia como nunca lo hubo antes. Las mayores bendiciones vienen y se despliegan a veces a través de situaciones o escenarios que, desde el plano de la personalidad, no eran deseados.

No temas nada, queda tranquil@, pues nada hay aparte de Ti. Solo hay tu-nuestro SER.

Un abrazo grande a tod@s, de corazón.
Freeman

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Fuente imágenes: Pixabay

Redacción, compilación, edición, título post: Freeman

Material recomendado:

Información alternativa: Dr. José Galeano, Dr. Alberto Sanagustín, Dr. Jesús Candel (Spiriman), Iker Jiménez, Josep Pamies.
Divulgación médica: “Actitud y sistema inmunitario”, del Dr. Alonso Puig.
Opinión alternativa: “Cuarentena”, de Miyo Fiel / “Winter is here: el coronavirus como detonante”, de Borja Vilaseca. / Mensaje de la Abuela Amtokatlnesli147.  / “Coronavirus. Llamamiento a médicos y demás personal sanitario”, de Josep Pamies
Musicoterapia: Consejos de Música y Salud, de MUSA. / Just Like Fire (support music), por Eliberocelta y Barbara Meneses Montgomery.

 

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