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SER

LO QUE SIEMPRE ES, TAL CUAL ES

por Álamo
Wave

La sensación y el hecho de ser son evidentes, patentes y comunes a todos los supuestos individuos separados ―también llamados seres humanos―, en este aparente mundo fenoménico.

Sin embargo, es también universalmente conocido el hecho de que el cuerpo aparece, se gesta, nace, crece, cambia, declina y perece, sujeto al espacio y al tiempo.

La existencia del cuerpo es entonces virtual, relativa, no absoluta. Pues si el cuerpo fuese absolutamente real, existiría siempre, no tendría principio ni fin ni límite alguno, tanto respecto al tiempo (siendo entonces atemporal o eterno) como al espacio (aespacial o infinito)… si es que de veras tal hipotético cuerpo encajase en el concepto usual de absoluto.

Como ese no es el caso del organismo humano ―ni el de cualquier otro ser, objeto o dinámica dentro del cosmos fenoménico o apariencia universal―, entonces todos ellos han de ser ―necesariamente―, relativos, virtuales, aparentes… Pero, ¿apariencias de qué?

Pues, como ahora resulta obvio, todos esos fenómenos o apariencias no serían sino manifestaciones o aspectos de Lo que sí es absolutamente real; de Lo que siempre es, de lo ilimitado, eterno, incondicionado, absoluto…. Eso que llamamos Ser, Tao, Brahman, Shiva, Dios, etc.

De tal modo, todo lo relativo, todo lo transitorio, cambiante y discontinuo ―incluyendo los estados (vigilia, sueño con sueños, sueño profundo) en los que todo ello es percibido―, no existe en sí mismo, carece de naturaleza intrínseca, no hay en ello existencia inherente. Sencillamente, no es.

Lo que Es es lo único que hay, naturalmente

Llegamos así de manera inevitable a tomar conciencia de lo más obvio y natural: sólo hay lo que Es (lo que siempre es).

O dicho de otro modo, sólo hay la Realidad (absoluta), mientras que las ―por así decir― realidades relativas (seres, objetos, fenómenos de cualquier tipo) no serían más que facetas evanescentes de la apariencia de la Realidad o lo absoluto. Serían, por usar un símil muy gráfico, lo que las olas son al agua oceánica: sólo agua oceánica manifiesta.

Y puesto que, en este contexto, lo absoluto es permanente (eterno) e ilimitado (infinito), entonces es lo único que hay, lo único que es. De manera que, al ser todo lo que hay, ninguna alteridad u otredad es posible y, por ende, no hay nada que “hacer” ni nadie que pudiera hacerlo. Por esto también a lo absoluto se lo llama perfección.

Y así, la apariencia universal es perfección manifiesta, espontánea. Si a lo absoluto lo llamamos Ser, entonces sólo hay el Ser; y la apariencia fenoménica es solo el Ser manifiesto, no existiendo realmente nada aparte llamado “mundo”, “apariencia universal”, “cosmos”, “multiverso”, etc.

Ya que el Ser permanece siempre lo mismo ―igual, idéntico a Sí mismo―, independientemente de las incontables y diversas formas de su apariencia o manifestación (así como el agua oceánica permanece siempre la misma, independientemente de las formas ―olas, ondulaciones, remolinos, espuma― de su apariencia ―oleaje―), se dice que el Ser es indiferenciado. Es decir, no es o no tiene ninguna forma pero aparenta ser o tener todas las formas.

De manera que lo que llamaríamos esencia (inmutable, indiferenciada, permanente) y lo que llamaríamos sustancia (cambiante, multifacética, discontinua) son meros aspectos ―figuradamente separados― de Lo absoluto, del único Ser.

Puesto que sólo hay lo que siempre es, y siendo ello indiferenciado, es a la vez manifiesto en todas las formas, por lo que cualquier concepto, significado, distinción, diferenciación, palabra, noción, calificación o interpretación resulta superflua, parcial, arbitraria, incompleta, relativa, pues… ¿cómo describir lo indescriptible, cómo limitar lo ilimitado?

Y ¿cómo los conceptos y palabras (meras figuraciones que imaginariamente distinguen y acotan parcelas virtuales dentro de la totalidad indivisible de la apariencia de lo absoluto), podrían aprehender la Realidad y, menos aún, transmitirla?

Y habiendo solo la Realidad absoluta, ¿quién o quiénes habría ahí para transmitir qué y a quién, o para distinguir qué?

Si sólo hay lo que siempre es, tal como es…

La serenidad de la mirada inocente

Se comprende así que toda perspectiva e interpretación acerca de lo que es (el Ser o Realidad absoluta), es parcial, incompleta, sesgada.

Adherirse a dichas interpretaciones conduce a confusión, tensión y conflicto. Al temor, la ira, la desolación y, en fin, a todo el rosario de emociones y estados aflictivos. Tal apariencia es lo que llamamos alienación o esclavitud, virtual resultado ―en síntesis― de confundir la Realidad con las facetas de la apariencia.

En cambio, una mirada limpia, cristalina, transparente, pura, inocente, desnuda (desvestida de la adhesión de cualquier filtro conceptual, ideológico o interpretativo), permite ―según va tornándose habitual y consistente― el fluir, la serenidad o la paz naturales, con independencia de las circunstancias.

Y lo que llamaríamos Amor puede entonces desenvolverse en su prístina autenticidad, natural, espontáneo y genuino (ajeno a morales artificiales, dualistas), ya que no hay “otros”, ni nada aparte… sólo hay lo que siempre es, el Ser absoluto, lo que siempre se es.

En tal punto va esfumándose y poco a poco, virtualmente, deja de asomar aquel fantasma, aquel “yo separado” que uno asumía ser. Por eso la mirada inocente no es de nadie o, dicho de otro modo, es impersonal y espontánea, como lo es todo el proceso del devenir eventual de la apariencia de la Realidad.

No queda allí nadie, ningún individuo o persona, para mirar nada. Pues sólo hay lo que siempre es, el Ser, lo absoluto.

Trascendiendo la aparente polaridad

Aunque la vieja costumbre de la separatividad o dualismo pueda en ocasiones repuntar o aflorar ―mientras va siendo disuelta a la luz (en la lucidez) de la mirada inocente―, podrán entonces, gracias al nuevo hábito de la serenidad, surgir preguntas pertinentes… ¿quién es “ese” que mira o deja de mirar, con una mirada limpia o velada por los filtros de los prejuicios, juicios, interpretaciones y sistemas de creencias?

¿Puede ese supuesto ente separado decidir si mirar de una manera o de otra, o adherirse o no a interpretaciones, ideas o creencias? Si dicha entidad individual no existe, ¿de quién puede predicarse el mérito o el demérito, la responsabilidad o la culpa?

¿Puede acaso tal imaginaria entidad escoger el darse cuenta o no de la realidad absoluta que aparece espontáneamente “disfrazada” de todo tipo de formas y fenómenos, así como el agua oceánica aparece en forma de ondulaciones, ondas, remolinos o espuma? ¿Puede lo que no es, ser? Y si no es, si nadie es, ¿para quién son entonces la libertad o la esclavitud, si además estas ni siquiera existen en sí mismas?

En cambio, el absoluto Ser ―Lo que siempre es y es lo único que hay― no está nunca sujeto ni condicionado a su propia apariencia, ni gana ni pierde nada con ella, ni experimenta adición ni disminución ni cambio alguno.

Análogamente, ¿sufre el agua oceánica adición, disminución o alteración en su naturaleza, debido a su apariencia (oleaje)? ¿Sufre el agua modificación alguna en su naturaleza (H2O), debido a las diversas formas (gota, onda, granizo, etc) y estados (sólido, líquido, vapor) de su apariencia?

Si sólo hay lo que siempre es ―el absoluto Ser―, la perfección, entonces nada hay en manos o en control de ningún supuesto avatar humano, de ninguna supuesta alma, de ningún supuesto dios. Ante lo absoluto ―el Ser incondicionado, ilimitado, eterno―, toda noción de existencia y voluntad independientes, así como toda distinción y atributo, quedan expuestos como mitos.

¿Dónde está entonces la triada de perceptor, percepción y lo percibido? ¿Dónde existiría cualquier triada, y cómo podría igualmente existir la dualidad sujeto-objeto o cualquiera otra dualidad, habiendo sólo lo que siempre es, lo único que hay, el absoluto Ser?

Por eso se dice que la virtual iluminación acaba con el también virtual o supuesto iluminado (o maestro); que todo nombre y forma es figurado; que el mapa no es el territorio y que, por ello, a las palabras ―como estas, como todo este escrito― se las lleva el viento; que, en última instancia, “todo es y no es”, porque la apariencia “está hecha de Realidad” o es Realidad manifiesta…

Y sólo queda ―develándose gradualmente en la virtual y espontánea película cósmica de la apariencia del Ser― lo que nunca podría buscarse ni encontrarse, porque nunca se perdió; lo que nunca podría recuperarse, porque nunca faltó… para nadie.

Lo que siempre es, tal cual es…

Álamo

Fuente: no-dualidad.info

Reedición artículo, título post: Freeman

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