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10 PREGUNTAS que destrozan la plandemia

7 noviembre 2021

Cuestión de confianza. ¿Qué hemos hecho para perderla?

Dr. Luis Benito. En “La estructura de las revoluciones científicas” T.S. Kuhn analizaba los cambios que la humanidad soporta cuando hay crisis. Crisis significa que los paradigmas con los que nos explicamos el mundo ya no sirven, la realidad ha cambiado y los principios con los que explicábamos nuestra sociedad han cambiado. La crisis es, por tanto, una buena oportunidad para el cambio. El cambio siempre supone un acto activo, salir de la zona del confort para enfrentarse a un problema que ha surgido y que no puede dejarse de lado porque afecta a nuestra existencia.

               Si acaso alguien dudaba de que nuestra civilización está en crisis, los acontecimientos de los últimos meses han terminado de abrir los ojos a quienes todavía albergan capacidad para darse cuenta de lo que está en juego. Porque el resto ya difícilmente serán recuperables, están en una situación agónica que Mollaret y Goulon definieron en 1959 como “coma dépassé”. Queda poco tiempo para poder abrir los ojos y ver la magnitud del engaño al que hemos sido sometidos en este experimento social.

               La crisis ha golpeado en diferentes sectores de la sociedad, no es una mera depresión económica, financiera, energética, política, jurídica, familiar, sentimental, laboral o de los medios de comunicación. Es mucho más profundo que eso: es ética. El daño producido en el comportamiento ético de las personas (Y DE LAS INSTITUCIONES) es lo que ha propiciado la debacle en las otras esferas de la vida hasta llevarlas a lo más íntimo del ser humano, a su ámbito asistencial. Allí, en su soledad, el ser humano aislado percibe su insignificancia y se pregunta una y mil veces cómo hemos llegado a este grado de depravación social.

               El mal siempre apetece la confusión, el miedo. El mal no quiere orden, ni claridad, no quiere el diálogo ni el debate científico, solo traduce oscuridad con la que alimentar la confusión, el desorden y la desesperación. Como podría aplicarse a todas las esferas de la vida social, para no extenderme y no equivocarme demasiado, voy a explicar la situación desde el punto de vista médico que es el que mejor conozco porque es a lo que me dedico.

               La relación médico-paciente es el pilar del ejercicio profesional y se basa en la confianza. Nadie pone algo tan apreciado como su vida o la de sus seres queridos en unas manos en las que no confía. Tradicionalmente el paciente acudía con sus cuitas al médico en busca de remedio para su salud quebrantada. Y por supuesto, lo hacía con confianza, con la convicción de que el médico iba a anteponer la salud de paciente a cualquier otro beneficio. Tan sólo con esta consideración que se tenía presente no hace muchos años, a la vista del presente podemos entender dónde está la crisis. Se ha perdido la poca confianza que había. Parece que los médicos no se interesan por la salud de sus pacientes ¿Dónde está ese sentido de entrega, de dar primacía a la atención al enfermo?

               Recientemente ha entrado en vigor en España la ley de la eutanasia, poniendo en manos del médico en poder de quitar una vida que considera que ya no merece la pena ser vivida. Se incrementa el recelo al pensar cuál será el concepto de calidad de vida que tenga el médico que se pone delante. Pero con respecto a la atención sanitaria que los pacientes han percibido con ocasión de esta situación pandémica ¿cómo se ha comportado la confianza? Los médicos hemos pasado de héroes a villanos. Estaba anunciado que así iba a ser. Pero ¿hay motivos para este cambio de sentimiento? Incluso las asociaciones de médicos (Colegios o Sociedades de especialidades) piden a la población “recuperar la confianza” en los médicos. Ni la exaltada actividad en los momentos duros de la pandemia ni el “ejemplo” de haberse vacunado en gran medida sirve para recuperar esa confianza perdida. ¿Por qué?

               Quizás porque se ha magnificado el “sacrificio” de los sanitarios en una situación pandémica que… ahora precisamente los promotores de la misma reconocen que no fue para tanto, en cuanto a las cifras, la afectación, las saturaciones o los colapsos. Muy pocos ciudadanos conocen sanitarios (médicos en concreto) que realmente hayan estado atendiendo pacientes de COVID. La mayoría se ocuparon de tareas burocráticas contabilizando no sé sabe qué en los parapetos y bunkers en que se convirtieron muchos Centros de Salud. Resulta complicado dar con médicos que hayan asistido a pacientes que fallecieron por (o con) COVID. Si exceptuamos el personal de UCI (estar en la UCI por cualquier causa ya es “medio pasaporte” para la eternidad), quienes más decesos atendieron fueron los militares de la UME en las residencias de ancianos, pues más de la mitad de los fallecidos atribuidos a la pandemia jamás pisaron un hospital.

               Por otro lado, lo de vacunarse,… en fin ahí están los prometedores resultados que los pinchazos han ido mostrando. Desde luego no son los médicos los que comentan con orgullo la eficacia de ese esfuerzo, que más se entendió como una exigencia burocrática que como una verdadera necesidad sanitaria. Por tanto, el pretendido “ejemplo” quizás fue un contraejemplo. Al carecer de aval científico, a la luz de los efectos secundarios que van saliendo, con la consideración cada vez más patente de su NO NECESIDAD, la mayor parte de la gente se pregunta ¿qué vieron (o dejaron de ver) los médicos para poner su brazo solidariamente a un absurdo? Más razones para la desconfianza.

               Al fin las instituciones. Probablemente muchos colegas anestesiaron su criterio clínico dejando decidir a sus representantes. Sin tener en consideración que su decisión iba a repercutir en sus pacientes, acataron lo que “las autoridades” decidían sin aplicar el criterio médico, lo que nos habían enseñado en la carrera. A menudo es más sencillo ceder a la presión del colectivo, de los colegas, que esgrimir razones de disidencia por el bien de los pacientes. Cuando esto sucede, es que nos hemos olvidado del bien de los pacientes y preferimos no complicarnos la vida. Hemos dejado de ser éticos. Más motivos para el recelo.

               Entonces surge la reacción del pueblo, de la gente que traslada sus preguntas, para ti y para las instituciones que te representan. Y se las remites a tus representantes en busca de una respuesta, de un debate científico que no llega… porque albergan una lógica apabullante:

               1.- ¿Cuándo ha sido aplicado un tratamiento para todo el mundo sin distinción?

               2.- Con una letalidad del 2 por mil, ¿es necesario tomar medidas preventivas masivas?

               3.- ¿Cómo se puede recomendar un tratamiento a un paciente sin informar de sus efectos secundarios?

               4.- ¿Por qué no se prescribe un medicamento que en su ficha técnica dice que debe ser prescrito por un médico?

               5.- ¿Por qué se equipara pinchazo a inmunización cuando la ficha del producto no dice que inmuniza?

6.- ¿Por qué los Colegios de Médicos no reprenden a los «famosetes», como la ley obliga, por hacer publicidad de terapias o medicamentos en los medios de comunicación?

7.- ¿Por qué los Colegios de Médicos no amonestan a los médicos que se niegan a atender a las personas que no quieren pincharse? No es ético que un médico rechace tratar un paciente por ese motivo y las Comisiones deontológicas deberían advertirlo.

8.- ¿Por qué muchos médicos insisten en la administración de vacunas cuando se ha demostrado su progresiva ineficacia?

9.- ¿Por qué se insiste en poner pinchazos que jamás se pusieron a la población pediátrica siendo claro y evidente que los niños non han tenido ni tienen problema alguno con la patología COVID ni con la gripe?

10.- ¿Por qué los Colegios de Médicos no defienden los intereses de sus colegiados reclamando a las aseguradoras médicas que se ampare a los médicos por la administración de estas vacunas y sus eventuales complicaciones? ¿Por qué las compañías de seguros no cubren frente a las demandas relacionadas con COVID y las vacunas a los médicos que las recomienden (ya no digo prescriban)? ¿Acaso no es una práctica médica acorde con la lex artis ad hoc? ¿Acaso es porque se considera este tratamiento “experimental”? Si es ciertamente experimental, como sostienen las aseguradoras, ¿estamos aconsejando y conminando a los pacientes que se sometan a un experimento? ¿Y queremos que confíen en nosotros?

En el primer asalto del debate sobre la obligatoriedad de estos pinchazos parece que los ponentes coincidieron en la no obligatoriedad. Pero es el primer asalto: no perdáis de vista que a pesar de estas noticias o el leve titubeo de los representantes de las asociaciones de pediatría, el objetivo que se persigue es que todo el mundo se pinche, con razón médica o sin ella. Volverán a la carga. Y todavía habrá algún médico que se ofenda porque no confían en él. Hipócritas.

Fuente: Linkedin – Luis Benito  

Edición, título post: Freeman

Nota del editor: respecto a cualquiera de las áreas y contenidos de información/conocimiento alternativos que se publican, está en el lector indagar, contrastar, reflexionar y ejercitar su discernimiento, para tomar lo que le resuena o le es útil, dejando a un lado lo demás. Pues entendemos que ninguna persona está en posesión de la verdad absoluta sobre nada, ni ésta se halla tampoco en libros o en cualquier tipo de organización.

Alan James-Cita10-2021

ES TIEMPO DE EMANCIPARNOS: empodérate, reasume tu propio poder personal

El tiempo de proyectar afuera las causas de las circunstancias que vivimos debe terminar definitivamente, para recobrar, en cambio, el poder personal y colectivo que fue cedido o entregado a las falsas autoridades y los poderes usurpadores y abusivos que acudieron y aprovecharon, de manera lógica, la llamada vibratoria de una masa de seres desempoderados que, en su interior, se han sentido históricamente víctimas, incapaces, ignorantes, inútiles o culpables (y, por tanto, merecedores de privaciones y castigos).

De manera inevitable, el ser humano ha de tomar conciencia de su naturaleza e identidad real, auténtica, incondicionada, espiritual, asumiendo al fin cada individuo -y, luego, cada sociedad- su integridad y soberanía irrenunciables, así como la responsabilidad por sus propias interpretaciones, actitudes, pensamientos, sentimientos, emociones, palabras y acciones, que son los materiales con los que realmente construye cada uno su propia realidad día con día.

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Declaración Universal de Derechos Humanos, “Artículo 19. Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

 

PARA PROFUNDIZAR: COVID-19

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3 comentarios
  1. Morrigang permalink
    7 noviembre 2021 10:26 AM

    El tamaño de la rueda de molino esta vez es titánico. Pero claro, tenemos unas tragaderas del tamaño de Australia. Lástima.

    • 7 noviembre 2021 9:25 PM

      Vamos a hacer trizas esa pinche rueda de molino, no queda otra. Ánimo y fuerza! 🙂

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