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Identificando los intereses comerciales y corporativos detrás de la psiquiatría actual

6 septiembre 2015

La captura de la psiquiatría por los intereses comerciales y corporativos: antidepresivos y antipsicóticos

Por nmurcia en NoGracias.eu

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La promoción y venta de los psicofármacos en los últimos 30 años se ha basado en la “estrategia trankimazin”: medicamentos -en el mejor de los casos mediocres y en el peor, directamente inútiles y peligrosos- vendidos como muy eficaces y seguros gracias a la colaboración activa de la psiquiatría institucional -académicos y líderes de las asociaciones científicas- en:

(1) la realización de ensayos clínicos sesgados,

(2) comunicación tendenciosa de los resultados en los artículos científicos,

(3) conocimiento y consentimiento de la ocultación de los datos de los experimentos con resultados negativos (sesgo de publicación),

(4) firma de artículos publicitarios elogiosos, haciéndolos pasar como científicos, escritos por autores fantasma pagados por las propias compañías,

(5) elaboración de Guías de Práctica Clínica no objetivas y

(6) participación en las estrategias de promoción de la industria, tanto de cara a la sociedad -en forma de campañas de sensibilización de enfermedad- como -en forma de artículos de opinión o conferencias- a otros médicos

LIBRO

Lisa Cosgrove y Robert Whitaker hacen un recorrido terrible en su libro “Psychiatry Under the Influence: Institutional Corruption, Social Injury, and Prescriptions for Reforms” de esta historia universal de la infamia profesional, esta traición a los valores de la medicina y a la confianza que la sociedad ha depositado en ella como institución.

Las consecuencias más evidentes* de esta deriva institucional a gran escala son:

(1) el consumo de millones de medicamentos psicoactivos por personas que no los necesitaban y

(2) el consumo de medicamentos, de eficacia y seguridad desconocidas, por millones de personas que los necesitan

*hay otras consecuencias, si cabe, más graves en términos de cronificación de las enfermedades mentales y alienación de las sociedades, incluyendo el terrible daño hecho a la infancia y la juventud, a las que dedicaremos otras entradas

A mediados de la década pasada, investigadores que tuvieron acceso directo a los datos de todos los ensayos clínicos (los publicados y los no publicados) -y que estaban en manos de las agencias reguladoras (hemos dedicado varias entradas a la corrupción institucional de estos organismos públicos)- que la industria había utilizado para introducir en el mercado fármacos superventas, como los antidepresivos inhibidores de la recaptación de la serotonina o los nuevos antipsicóticos atípicos, descubrieron el “sucio secreto”

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Antidepresivos deprimentes

El psicólogo I. Kirsch, que fue el primero en conseguir acceder a los datos de los ensayos clínicos de los nuevos antidepresivos, en poder de la agencia reguladora norteamericana FDA, escribía ya en el año 2002:

Las mínimas diferencias entre los efectos de los antidepresivos y los del placebo han sido un “pequeño y sucio secreto” (dirty little secret) conocido por los investigadores que realizaron los ensayos clínicos, los revisores de la FDA y un pequeño número de autores críticos que tras analizar los datos llegaron a conclusiones semejantes a las nuestras. Estas conclusiones no han sido comunicadas al público general, los pacientes depresivos o incluso a sus médicos

 

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Todavía tardaríamos un lustro más en poder contar con evidencias suficientes acerca del verdadero valor de los antidepresivos. En el año 2008, Erick Turner y un grupo de colaboradores de la Oregon Health and Sciences University, en una revisión de los datos en poder de la FDA sobre 12 antidepresivos aprobados entre 1987 y 2004, publicaron en el New England Journal of Medicine que 36 de los 74 ensayos que constaban en la FDA, no habían encontrado efecto clínico alguno de los fármacos; de ellos, 22 no se habían publicado nunca y 11 lo fueron de manera sesgada, informando de efectos positivos (recuerden, “la estrategia trankimazin”). Tan solo 3 habían sido publicados de manera adecuada:

La medicina basada en la evidencia solo es valiosa siempre que se cuente con pruebas científicas no sesgadas y completas. La publicación selectiva de ensayos clínicos y de sus resultados pueden conducir a estimaciones no realistas sobre la efectividad de los medicamentos y alterar el balance riesgo/beneficio

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Ese mismo año, Kirsch publicó que los ensayos de cuatro de los antidepresivos más utilizados (fluoxetina, venlafaxina, nefazodona y paroxetina) habían demostrado una mejoría de la puntuación en la escala de Hamilton (instrumento que mide el grado de depresión y que se utiliza para valorar el efecto de estos medicamentos) una media de 9,6 puntos, mientras que el placebo lo había hecho una media de 7,8 puntos. Es decir, entre el efecto del antidepresivo y el del placebo hubo una diferencia de 1,8 puntos que desde el punto de vista clínico es inapreciable.

El NICE acepta como clínicamente significativa una diferencia de 3 puntos, pero según otros investigadores, para que pueda decirse que un antidepresivo es eficaz debería demostrar que puede mejorar la depresión de los pacientes una media de 12 puntos en la escala de Hamilton. Solamente en los pacientes muy graves, estos antidepresivos habían cumplido el conservador y contestado estándar del NICE.

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La psiquiatra Joanna Moncrieff se lamentaba de la irrelevancia de los resultados de los antidepresivos (ver aquí nuestra traducción) y es importante leer sus comentarios acerca de un artículo metodológico sobre la escala de Hamilton:

El análisis de Leucht et al. sugiere que las diferencias modestas encontradas entre los antidepresivos y el placebo, aunque sean reales, no son suficientemente grandes como para ser clínicamente significativas. ¿Importa esto? Si los antidepresivos en realidad fueran solo elegantes placebos y no tuvieran efectos adversos, tal vez no importaría (…). Sin embargo, Los antidepresivos no son inertes. Como todos los fármacos activos, alteran nuestro organismo de maneras de las que no somos plenamente conscientes y pueden tener consecuencias -poco frecuentes y/o en el largo plazo- que no se detecten en los ensayos clínicos. Por esta sola razón, tenemos que estar seguros de que los antidepresivos realmente tienen efectos beneficiosos y que efectivamente valen la pena. La investigación más reciente sugiere que no.

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En suma, una de la clase de medicamentos más utilizados en todo el mundo –1 de cada 10 norteamericanos mayores de 12 años toma un antidepresivos ISRS- no ha demostrado ser mejor que el placebo para mejorar la depresión leve y moderada (la indicación más frecuente) y es muy dudoso que sean útiles en la depresión severa. Además, las evidencias hablan de su inferioridad respecto de los viejos y baratos antidepresivos tricíclicos y de un perfil de tolerancia semejante

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En España, como señalaba un reciente informe de la AEMPS, el consumo de antidepresivos se triplicó entre 2003 y 2013. Los ISRS representan el 70,4% de todos los antidepresivos consumidos en el año 2013 y el incremento de su prescripción desde el año 2000 ha sido de un 159,3%.

Hoy sabemos que la mayoría de este consumo es inútil -por tanto, además, económicamente indefendible- y, como veremos en próximas entradas, muy peligroso.
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Las mentiras de los antipsicóticos atípicos

Con los antipsicóticos atípicos se ha repetido la historia de los antidepresivos.

Cosgrove y Whitaker repasan en su libro las dudosas pruebas que sirvieron para aprobar la comercialización de tres de los más vendidos antipsicóticos -la risperidona de Janssen (Risperdal), la olanzapina de Lilly (Zyprexa) y la quetiapina de AstraZeneca (Seroquel)- y lo comparan con los exageradamente positivos resultados comunicados mediante artículos científicos, las engañosas campañas mediáticas y las rimbombantes declaraciones públicas de los líderes de la psiquiatría institucional de todos los países occidentales.

Resolver este “duelo de narrativas” en el caso de los antipsicóticos atípicos, al igual que con los antidepresivos, ha costado (demasiado) tiempo.

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Ya en 1996 descubrimos como uno de los ensayos clínicos utilizado para demostrar la utilidad del Risperdal, había sido publicado seis veces, en seis revistas científicas diferentes, firmado por seis equipos investigadores, todos afamados psiquiatras, distintos.

La “publicación redundante” es un fraude científico grave: investigadores que mienten acerca de su participación en un ensayo, que aceptan firmar un artículo que evidentemente no han escrito y que colaboran en una campaña de desinformación acerca de un nuevo medicamento.

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La burbuja de los antispicóticos atípicos, sin embargo, estalló unos años después. En el año 2000, John Geddes, de la Universidad de Oxford, revisó los 52 ensayos clínicos publicados de los primeros seis antipsicóticos atípicos aparecidos en el mercado y llegó a la conclusión de que “no hay claras evidencias de que los antispicóticos atípicos sean más efectivos y mejor tolerados que los antiguos antipsicóticos”.

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En el año 2003, Robert Rosenheck en un estudio independiente publicado en el JAMA no consiguió encontrar ninguna ventaja del Zyprexa sobre el viejo haloperidol, “ni en mayor adherencia al tratamiento, ni en menos síntomas extrapiramidales ni en un mejor efecto sobre la calidad de vida global de los pacientes”, aunque el costo anual se triplicaba

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Dos años más tarde, conocimos la bomba CATIE: un estudio independiente en el que se comparó la eficacia de cuatro nuevos antipsicóticos con la vieja perfenazina, no encontró diferencias en tres de ellos (el Zyprexa demostró ser un poco mejor). Pero lo más sorprendente es que ninguno de los medicamentos, incluyendo la perfenazina, demostraron servir para nada: el 74% de los 1432 pacientes incluidos en el ensayo fue incapaz de terminar los 18 meses del estudio “por ineficacia o por efectos secundarios intolerables

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La historia oficial de los antipsicóticos atípicos se estaba colapsando.

Lieberman escribía en 2006, en el Archives:

Los estudios publicados sobre los ensayos precomercialización no demuestran su efectividad

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Peter Jones, un psiquiatra británico que había investigado con los nuevos antipsicóticos declaraba al Washington Post: “Engañados no es la palabra. Fuimos seducidos” por los artículos científicos de los primeros ensayos clínicos publicados y las campañas publicitarias.

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Dos psiquiatras, también británicos, escribieron en el Lancet en el año 2009, en un artículo titulado “El avance espurio en los tratamientos con antispicóticos”, lo que asemejaba un epitafio:

Lo que nos parecía un espectacular avance sucedido en los últimos 20 años, cuando surgió una nueva generación de antipsicóticos que aparentaban aportar más beneficios y menos efectos secundarios que los más antiguos, se muestra ahora, y solo ahora, como una quimera que ha pasado de manera espectacular ante nuestros ojos antes de desaparecer, dejándonos un despertar confuso y lleno de preguntas… Como grupo, los antipsicóticos atípicos no son más eficaces, no mejoran los síntomas específicos, ni tienen perfiles de seguridad distintos a los antipsicóticos de primera generación; además no son de ninguna manera costo-efectivos. La invención espuria de los atípicos puede ahora ser denominada así, una mera invención, manipulada de manera inteligente por la industria farmacéutica con objetivos comerciales de una manera que solo ahora podemos ver en su totalidad. ¿Cómo ha sido posible que durante dos décadas, gracias a que alguien lo ha querido así, hayamos sido engañados sobre esta supuesta superioridad?

Cosgrove y Whitaker contestan a la pregunta:

La estafa se basó en la publicación de artículos científicos, firmados por aclamados académicos, que nos convencían de que estos medicamentos eran mejores que los más antiguos, sin discutir los sesgos en el diseño de los ensayos clínicos. Los artículos que describían los experimentos nos contaban la historia que las farmacéuticas querían oír; los psiquiatras que lideraron los experimentos y firmaron los artículos científicos solo buscaban darle a todo una patina de legitimidad científica que, como se ha demostrado, era solo aparente

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El consumo de estos peligrosos medicamentos al igual que el de los ISRS, se ha disparado en todo el mundo en las últimas décadas.

En EE.UU el numero de niños tratados con antipsicóticos atípicos (asumiendo, la mayoría de las veces, sus médicos, que eran medicamentos seguros) por haber sido diagnosticados de trastorno bipolar (gracias a los criterios no científicos del DSM y los efectos secundarios de los también sobreutilizados estimulantes para el TDAH) se ha multiplicado por veinte en tan solo unas pocas décadas.

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En un reciente artículo se trasmitían datos asombrosos sobre la utilización de estos peligrosos medicamentos en EE.UU, una vez ha sido “banalizada” su prescripción:

– Entre 1993-1998 y 2005-2009, las visitas con una prescripción de medicamentos antipsicóticos por cada 100 personas aumentó de 0,24 a 1,83 (7,6 veces más) para los niños y de 0,78 a 3,76 para los adolescentes (4,8 veces más).

– De 2005 a 2009, los antipsicóticos se fueron prescritos en el 28,8% de las visitas psiquiátricas de adultos y en el 31,1% de las visitas psiquiátricas de adolescentes

 

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En España, tras la introducción de los nuevos antipsicóticos, la utilización de neurolépticos casi se triplicó en poco más de una década años, gracias a la increíble generalización del uso de los atípicos, algunas veces debido a las recomendaciones de Guías de Práctica Clínica no objetivas (producidas por las mismas sociedades científicas que han colaborado en esta deriva institucional de la psiquiatría) pero otras muchas, simplemente, por mala indicación de los médicos, inducida mayormente por la desinformación de los laboratorios a través de las visitas comerciales de los representantes y la propaganda masiva con la que inundan las consultas y los congresos profesionales.

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En un reciente trabajo (pag 108 del pdf), el 80% de los ancianos de una residencia, tras una revisión por un equipo multidisciplinar, tenían prescritos antipsicóticos atípicos sin indicación.

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Estos medicamentos además de menos eficaces y con unos efectos extrapiramidales semejantes a los más antiguos, son mucho más peligrosos para el organismo, con consecuencias que van desde la ginecomastia ne los varones, por el incremento de la secreción de prolactina, hasta la muerte súbita por arritmias

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El síndrome metabólico es tan grave que la supervivencia global de los pacientes esquizofrénicos se ha visto disminuida (¡hasta en 25 años!) debido a la elevada prevalencia de eventos cardiovasculares, causantes del 34% de las muertes en este grupo de enfermos

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Para los ancianos son especialmente peligrosos debido a la hipotensión severa (son una causa frecuente de caídas) e incremento de la muerte súbita

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Sus efectos secundarios son muy serios; y su prescripción, se ha generalizado debido, entre otras cosas, a la banalización de su utilización.

 

No han sido casos aislados de corrupción, como a veces se quiere trasmitir por parte de la industria y la propia psiquiatría organizada, sino una deriva institucional de toda la especialidad de la psiquiatría que aceptó jugar con las cartas, sumamente ventajosas para sus intereses en términos corporativos y personales, de la industria farmacéutica, olvidando su compromiso con la seguridad y el bienestar de los pacientes, su obligación de proteger la salud pública, informar equilibradamente los avances científicos que se producían en su campo y su deber de respetar y representar de forma cabal los valores de la medicina y de la ciencia, dos instituciones sociales imprescindibles para el bienestar y el progreso de las sociedades.

En próximas entradas seguiremos con el desmenuzamiento de la corrupción institucional de la psiquiatría que, aunque parezca imposible, nos traerá peores noticias.

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Sin embargo, es importante decirlo, no hay alternativa al juicio profesional en la toma de decisiones clínicas. La sociedad necesita a los profesionales de la psiquiatría para que sigan aplicando el cada vez más complejo conocimiento médico en la ayuda de pacientes y poblaciones.

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Por eso, no quedará otro remedio que re-institucionalizar la psiquiatría, contando con los cada vez más influyentes activos críticos profesionales (re-institucionalización desde dentro) (arriba dos ejemplos) y la ayuda de la sociedad (re-institucionalización desde fuera) que deberá realizar importantes esfuerzos (legislativos y normativos) para proteger el juicio de los profesionales: su salud y bienestar está en juego

Fuentes: NoGracias.eu

Edición y título post: Freeman

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